Fernando Bernal
A nadadora podría leerse en clave prácticamente de díptico con Romería (2026), de Carla Simón, una película con la que dialoga desde una época muy similar, en esta ocasión estamos en los años noventa; desde un mismo lugar, Galicia; y con la que comparte uno de sus temas centrales, el de los estragos causados por las drogas en toda una generación. Sin embargo, la forma de desarrollarse las historias es divergente. El entorno esta vez es un pequeño pueblo de Costa da morte, de donde Nico (Nuria López), una adolescente que vive con sus tíos, sueña con salir y viajar hasta Suiza para empezar una nueva existencia, para lo cual intenta conseguir dinero de todas las maneras posibles. La joven sufre algunos extraños desvanecimientos que desunen su cuerpo de su mente y la desconectan de la realidad. Sus progenitores resultan dos figuras difuminadas. Su padre trapichea por la zona, pero es un presencia prácticamente ausente; y su madre hace tiempo que desapareció. En ese entorno, Sandra Sánchez, que cuenta con una amplia experiencia como montadora y con el documental Tralas luces (2011), convierte a la protagonista de su valiosa ópera prima película en una mujer que recuerda en su sufrimiento y tesón a la Rosetta de los hermanos Dardenne, igual que esta fue antes un reflejo distorsionado de la Mouchette de Bresson. Todas ellas acechadas por un destino cruel. Atrapando casi su aliento, la cineasta gallega persigue en el primer acto del film a su protagonista, pero pronto ese estudio sobre la resilencia, se transforma en un relato donde el componente onírico tiene un peso decisivo a la hora de configurar tanto la psicología del personaje, como su relación con lo que la rodea.
Con la entrada en escena de una joven de su edad y de la madre de esta, con la que vive de manera nómada en una autocaravana, el film renuncia a los esquemas prototípicos del realismo social y del costumbrismo –perfectamente recreado a través de una dirección de arte acertada y veraz, que resucita el espíritu de los noventa sin ningún tipo de nostalgia ni melancolía– para establecerse en un plano donde la realidad, los sueños y los recuerdos comienzan a fundirse sin estridencias, y encontrando atinados nexos de unión dentro de la progresión dramática de la historia, que poco a poco comienza a tornarse casi espectral. Desde las imágenes duras y tensas del principio, el film transita con firmeza y espontaneidad por el thriller de cercanía, el relato gótico rural y el drama materno-filial. Y encabalgadas en estos apuntes genéricos, surgen sucesivas e impactante secuencias que presentan un fuerte nivel metafórico, sobre todo lo que se refiere a la relación de su protagonista con el agua, y la condición líquida que esta tiene respecto a sus recuerdos. Son momentos de una gran intensidad poética, capturados gracia a la hermosa fotografía de Gina Ferrer (20.000 especies de abejas, Estebaliz Urresola, 2023), que apuntalan el dolor que como una bella celosía atraviesa la historia de esta joven oprimida entre los fantasmas de su pasado y la incertidumbre del futuro.








