Carlos Losilla

La situación política infecta, sobre todo, el exterior pero se cuela inevitablemente en el interior, lo socava y diluye. Estamos en Irán, en la actualidad, con los ataques aéreos de Trump como amenaza constante. Y con la brutalidad de la policía del país como algo que tampoco vemos pero dispara la acción, si es que puede llamarse así a esa sucesión de momentos casi inmóviles, al viaje moral de un médico que ha ayudado a unos manifestantes malheridos por la Guardia Revolucionaria, ha sido castigado por ello y ahora ha decidido, impotente, suicidarse. La película lo sigue durante todo un día en su intento de comunicar su decisión a sus familiares, asediado también por pacientes que no acaban de entender muy bien qué está pasando. Y Ali Asgari lo contempla todo con una mezcla de distancia y humor que no excluye la cercanía respecto a sus personajes: es extraña esta película hecha de pequeños tableaux que, sin embargo, provoca una risa amarga, incómoda; y que observa la institución familiar a la vez como cárcel y refugio, condena y salvación.

También es una lástima que Asgari, en su último largo, no profundice en esta cuestión, hasta el punto de que a veces es como si su visión del tema fuera tan condescendiente que alcanzara a la propia audiencia, a su vez secuestrada por ese tono demasiado amable a pesar del tema abordado. Pero quizá eso ocurra porque, en realidad, la familia no es precisamente el objetivo principal del film. Al contrario, es lo que no vemos aquello que bulle y regurgita. Es un fuera de campo espectral que nunca se manifiesta ni se hace presente. De ahí la importancia de las casas, de esas ventanas protegidas con cinta aislante que aísla de los bombardeos pero también de una situación interna insostenible. Y de ahí que llegamos a lamentar que Asgari, como ocurre tantas veces en su cine, se muestre tan explicativo y discursivo por otros medios, como ocurre aquí cuando el médico explica el origen de la situación con pelos y señales o cuando la propia película la pone en escena mediante el fragmento de una obra teatral introducido en la trama con calzador. En estos casos, no es que el exterior albergue el sentido del film sin hacerlo explícito, sino que actúa como referencia ineludible a la hora de interpretarlo: una tercera vía que, en el contexto de esta sección oficial, se situaría entre la radicalidad de I Rarely Wake Up Dreaming y la literalidad de Cartas de Estado.