Felipe Rodríguez Torres
En el panorama del cine de no-ficción contemporáneo, la codirección de un proyecto truncado suele devenir en un tratado sobre la ausencia. Con Papagayo, el cineasta canario de origen sirio Omar Al Abdul Razzak acomete un riguroso ejercicio de arqueología íntima y formal para dar cuenta de una fractura existencial. La película surge de los escombros de una ruptura: un mes después de que estalle la guerra entre Israel y Hamás, la coautora e ilustradora judía israelí de la obra decide abandonar el hogar común en Madrid y regresar a Tel Aviv. Lo que Al Abdul Razzak recoge no es solo el duelo por un amor fallido, sino un lúcido y complejo dispositivo metanarrativo que indaga en cómo las macroestructuras ideológicas terminan por colonizar y dinamitar los espacios de la privacidad.
El principal triunfo del film reside en su asombrosa audacia plástica, capaz de articular un ecosistema transmedia donde conviven armónicamente diferentes naturalezas textuales. El director trenza la emulsión de la imagen real –que registra la cotidianidad doméstica previa al colapso y las derivas por Oriente Medio– con una meticulosa selección de archivo gráfico y audiovisual, confrontando el registro histórico con el íntimo. A este tejido se le incorpora, con una orgánica fluidez, el arte gráfico y las secuencias de animación. Lejos de funcionar como meros parches ilustrativos o digresiones estéticas, las animaciones operan aquí como el cordón umbilical con la cineasta ausente, una prolongación de su trazo que confiere al metraje una polifonía visual tan conmovedora como intelectualmente estimulante.
Bajo esta fisonomía híbrida, Papagayo articula una de las representaciones más agudas y desprovistas de maniqueísmo del panorama político actual en Israel. El conflicto no se expone a través de proclamas abstractas, sino mediante su dolorosa imbricación en el colapso afectivo de la pareja. Al Abdul Razzak retrata con una lucidez implacable la polarización implosiva de una sociedad atravesada por un trauma histórico perenne. Es en esa fricción donde el film alcanza su cima dramática, logrando una carga emotiva devastadora que rehúye con firmeza cualquier atisbo de sentimentalismo o autocompasión. La honestidad del gesto radica en asumir que la reconciliación artística es, a veces, el único territorio donde dos mundos en guerra pueden seguir mirándose a la cara.








