Fernando Bernal

En su cuarta película, la directora japonesa Yukiko Sode adapta a la pantalla la novela homónima de Mieko Kawakami publicada en 2011, una escritora de éxito internacional, cuyos libros han tenido traducción en nuestro país. Se trata de una historia que afronta de una manera oblicua el concepto de romanticismo, una disertación sobre la imposibilidad de amar, pero también sobre la esperanza de encontrar a una persona con la que sentir esa emoción con la que la película se nutre a lo largo de todo el relato. Un film que lleva al límite las emociones, pero que lo hace desde la más absoluta contención, tanto en sus diálogos como en la construcción de sus imágenes, siempre sometidas a una especie de pacto en el que solo se explicita lo estrictamente necesario. De este modo, la gramática del film, que en un principio puede resultar alto diletante e incluso morosa, comienza a desplegar un poder que resulta realmente cautivador.

Una love story contemporánea que pone en conexión, por un azar etílico del destino, a una joven que vive obsesionada con su trabajo de correctora de libros –textos que lee, corrije y pronto olvida– con un profesor de instituto, que la introduce en la poesía que subyace dentrás del estudio físico de la luz. Yukiko Sode narra con una calidez transcendental cado uno de los breves encuentros entre estos dos personajes, interpretados por una joven actriz como Yukino Kishii, absoluta revelación con su forma de hacer creíble y cercano un personaje involuntariamente hermético; y por Tadanobu Asano, un actor con un largo recorrido y clave en la historia reciente del cine oriental, que ha trabajado con Takeshi Kitano y Hirokazu Koreeda en varias ocasiones y que fue protagonista de Café Lumiére (2003) de Hou Hsiao-Hsien o de Ichi the Killer (2001), de Takashi Miike. Es inevitable emparejar este film con parte de la filmogracía de Ryūsuke Hamaguchi, pero lo cierto es que Sode encuentra una voz propia y, sobre todo, una forma de atrapar lo poético casi ascética, defendiendo el drama seco que evita las obviedades. Porque una palabra, como recuerda el film, tiene significado, pero también tiene un valor estético cuando se escribe.