Carlos Losilla
Enfrentarse a Everytime tras haber visto Un hombre de nuestro tiempo constituyó, para mí, toda una revelación: un ejemplo más de la minuciosidad con que está concebida esta sección oficial a concurso que se revela, poco a poco, como un viaje de ida y vuelta constante, ininterrumpido. Pues el tercer largometraje de Sandra Wollner representa a la vez una culminación y un punto de partida, un final y un principio. El fantasma queda claro desde el principio, se hace explícito sin imponerse: una chica cae al vacío desde lo alto de un edificio; su madre, su novio –que la acompañaba en el momento de la tragedia– y su hermana pequeña vivirán un duelo que ocupará el resto del film y que culminará en una larga secuencia en Tenerife, durante unas vacaciones improvisadas, o quizá una huida, que se revela como uno de los grandes fragmentos de cine de esta edición, de este año. Mientras en el film de Marre todo está medido para provocar determinados efectos, la película de Wollner cambia de tono constantemente, pasa de lo cotidiano a lo fantástico sin mayores explicaciones, se toma su tiempo –piensa por sí misma– para decidir cómo va a continuar, observa a sus personajes como organismos con vida propia… Everytime es eso, lo que indica que su título: cada vez que se la mira es una cosa u otra, como sus inexplicables –a veces– movimientos de cámara, nunca caprichosos sino dubitativos, que no es lo mismo. Atrapada en un tiempo sin tiempo, en un bucle infinito que vuelve a empezar tras la proyección, Everytime es el fantasma de sí misma cobrando vida. Por fin.
Pero hay más. Como escribió en esta misma web Eulàlia Iglesias con motivo del pase en Cannes, el film de Wollner es capaz de integrar la experimentación en el propio relato sin aspavientos, convirtiéndola en uno de sus núcleos narrativos y metafóricos. Dos imágenes que en principio quedan sin explicar –un camino y un túnel que no parecen conducir a ninguna parte– se convierten de repente en el punto de partida de ‘otra’ película posible que se hace presente, se materializa en medio de la primera, atravesándola, rompiéndola, cambiando incluso el punto de vista. De algún modo, el nuevo relato todavía no existe, pero en cualquier momento puede estallar, como las olas en la piscina. Y eso forma parte de la intencionalidad política del film, que quizá ni siquiera estaba en las previsiones de Wollner. Si Marx habló de un fantasma que recorría Europa y Mark Fisher de hauntología partiendo de Derrida, Everytime plantea la recuperación del tiempo perdido, incluso la resurrección de los muertos, como aquello imposible que se hace posible, como un desafío a la realidad –y al realismo– capaz de convocar escenarios figurativos que parecen proceder de otra dimensión. Puede que estemos ante una película de ciencia ficción, o de terror, o ante un simple drama familiar sobre el duelo y el trauma, y eso lo más revolucionario: que no lo sabemos, que todo es posible.








