Carlos Losilla

No diré que en un solo día se jugara el destino de los filmes a competición este año en la SEMINCI, pero sí que ayer fue una jornada clave. Los pases de prensa –uno detrás de otro, con apenas veinte minutos de descanso– de Un hombre de nuestro tiempo, de Emmanuel Marre, y Everytime, de Sandra Wollner, ambas procedentes del Festival de Cannes, pusieron sobre la mesa de manera clara y rotunda muchas de las cuestiones que hemos venido planteando en estas reseñas. Y todo ello en unas horas marcadas por un acontecimiento –en apariencia– exterior al certamen, pero que en el fondo se adueñó de él: el accidente ferroviario del AVE que ha costado la vida, por ahora, a casi setenta personas, y que sin duda influirá decisivamente en las próximas elecciones del 29-N. Prosecution, uno de los filmes proyectados por la mañana, ya había avisado: el fantasma puede ser político y tiene que ver con la amenaza totalitaria. Un hombre de nuestro tiempo retorna al fascismo de los años treinta y cuarenta del siglo pasado para alimentar la hoguera de la comparación: puede que ambas situaciones históricas no tengan nada que ver, como advierten los historiadores, pero no deja de llamar la atención que nuestra mirada se vuelva constantemente hacia atrás para conjurar el peligro de la repetición.

No voy a hablar del film de Marre en un sentido amplio porque ya lo hicieron dos de mis compañeros de Caimán con motivo de su paso por Cannes. Toda la información está allí, incluso el abanico de análisis que la película pueda suscitar. Iré por otro lado y diré que Un hombre de nuestro tiempo aborda el espectro de la tentación fascista en dos niveles: lo que ocurrió en la Francia de Vichy, a través del personaje del abuelo de Marre, ideólogo fracasado y funcionario tímido, y lo que ocurre ahora visto desde la pervivencia de aquello: en una sociedad de corte empresarial en la que simplemente se ha reconvertido buena parte del lenguaje del fascismo para aplicarlo al universo laboral –como ha demostrado otra película francesa de la competición: Un bon petit soldat–, no es extraño que reconozcamos, al menos parcialmente, lo que cuenta la película de Marre. Esa es su estrategia: un ‘nuevo relato’ para contar aquella Historia, distanciamiento a través de canciones contemporáneas insertadas en la trama, un tono cotidiano para hablar de los ‘grandes temas’, un estilo ‘casual’ potenciado por la filmación en 16 mm… La estrategia se aplica, por un lado, de una manera un tanto mecánica y superficial y, por otro, de un modo intermitente, dependiendo de los intereses de Marre: más que aplicarse, a veces se impone, y entonces esta nueva forma de narrar la Historia se convoca un poco a conveniencia de Marre y sus colaboradores. No estoy diciendo que Un hombre de nuestro tiempo me parezca una mala película, pues mentiría si lo hiciera. Pero sí que –eso es lo importante– está pidiendo a gritos volver a ella con motivo de su estreno, por ejemplo, para ver su verdadero alcance, sin apriorismos ni sesgos, en la medida de lo posible. Ocurre un poco como con La bola negra, con la que tiene más de un punto de contacto, no en cuanto a estilo, por supuesto, sino en cuanto a operación narrativa y de lenguaje: volver al pasado sin perder de vista el presente y, luego, dejar que aquellos fantasmas se muevan entre nosotros. Y ahora les invito a pasar a la reseña de Everytime, donde podemos seguir con el tema.