Carlos Losilla

Hace cinco años, Helena Girón y Samuel Delgado estrenaron su primer largo de ficción, Eles trasportan a morte (2021), donde las Islas Canarias desempeñaban un papel fundamental en el desnortado, aciago viaje que protagonizaron las carabelas de Colón a finales del siglo XV. Ahora, con Las islas afortunadas, la historia continúa y nos situamos, supuestamente, algunos años después, pero no para seguir con los personajes de aquel relato, sino para salir de él y buscar otros. ¿Plantean estas dos películas el inicio de lo que podría ser una saga sobre la historia de esas tierras? El tiempo lo dirá, pero lo cierto es que ambos filmes, por el momento, representan una llamativa anomalía en el llamado ‘cine histórico’ español. Es verdad que en modo alguno rehúyen las convenciones del género, desde la ambientación y los decorados hasta la recreación de usos y costumbres, pero también lo es que se niegan rotundamente a asumir la épica y el espectáculo que parecen consustanciales a los códigos en cuestión para adentrarse en territorios mucho más desconocidos, por lo menos para el cine de estos pagos: Las islas afortunadas, en este sentido, apenas convoca a unos cuantos personajes y un par de escenarios para filmar rostros como si fueran paisajes y paisajes como si fueran meras abstracciones.

Tampoco estamos, sin embargo, ante una narración distanciada o experimental. El film de Girón y Delgado tiene una protagonista clara, Fátima, y unos cuantos secundarios que, por si fuera poco, quieren ser representativos de la mezcla de razas que se dio en las islas en aquellos tiempos. Fátima es la criada del noble francés que controla el territorio, un lugar donde el agua y la comida escasean y el resto de la población malvive como puede. Y es también la mirada a partir de la cual seremos testigos de una historia mínima, un melodrama sacrificial en el que el mar y los acantilados tienen tanta importancia como los sentimientos. En lugar de plantear directamente un discurso anticolonial, la película lo deja entrever tras la intriga, por otra parte reducida al mínimo. A la vez, sin embargo, esa deconstrucción la acerca a otros códigos, rozando cierta tradición del cine clásico, que sientan las bases de lo que pudiera haber sido un film de aventuras marítimas o incluso un western sobre el choque entre cultura y naturaleza, civilización y barbarie. Estamos en los primeros tiempos, donde los orígenes se confunden y todo es posible. Pero estamos también ante un relato sinuoso y secreto –la línea curva es su símbolo: de las olas del mar a la redondez de las montañas, pasando por las arrugas de paños y ropajes– donde lo que importa es sentar las bases de otra narrativa posible sobre la historia canaria y española, un lugar nuevo desde el que volver a contarlo todo y en el que Girón y Delgado aún deben asentarse debidamente, es cierto, pero que sus dos primeros largos ya permiten entrever.