Felipe Rodríguez Torres

Documentales sobre el rodaje de una obra cinematográfica, sobre todo aquellos que siguen el proceso de realización día a día de la filmación y producción de la misma, hay muchos y variados. Y los dos que me vienen a la cabeza son relativamente recientes. El primero de ellos sería Megadoc (2025), de Mike Figgis, donde el realizador inglés era testigo –y nos hacía testigo a los espectadores– de la gargantuesca y suicida última película de Francis Ford Coppola, Megalopolis (2024). En el mismo, Figgis mostraba sin subrayar los motivos de que la megalómana cinta de Coppola fuera un accidente tan maravilloso como fallido, mostrando los conflictos generacionales entre un cineasta de lo analógico y las técnicas digitales contemporáneas. Un “lost in translation” cinematográfico que es aún más interesante que la película de la que parte.

O The Man with the Grey Elevated Hair (2017), de Jason S., que seguía a David Lynch en el rodaje también de su última obra, Twin Peaks: The Return (2017), de unas tres horas de duración, que es casi como estar sentados en el set de rodaje con el propio Lynch y donde este último le permitía adentrarse casi en el interior de su mente. Pero si Figgis estaba desaparecido en el metraje de la cinta, siendo un observador invisible, Jason S. busca ser más papista que el papa y su figura, aunque fuera de campo, es demasiado intrusiva, sobre todo por la voz en off que la acompaña.

Y llegamos a la película que nos ocupa, Vacío luminoso, de Uberto Rapisardi. Un diario de rodaje de Sirat (2025), de Oliver Laxe, que aúna elementos de los dos trabajos previos. En primer lugar, la posibilidad de adentrarnos como espectadores de un rodaje fuera de norma y sobre todo el poder penetrar de cierta manera en la peculiar mente y mirada de Laxe. Y así tenemos momentos maravillosos como los ensayos del baile de la rave en la casa del realizador en Galicia o el rodaje de la secuencia final en el desierto con ecos casi de El salario del miedo (H.G. Clouzot, 1953). Pero al igual que Jason S., Uberto Rapisodi intenta hacer más de lo que pide un documento de estas características y algunos elementos de puesta en escena e interludios demuestran que la obra pretende, al igual que Jason S., hacerse más presente que la realización observada, no siendo capaz de permanecer en un segundo plano, como sí lo conseguía Figgis.