Fernando Bernal
La mejor manera de refutar la muerte del cine, una cuestión que lleva inscrita en el debate cinéfilo durante décadas, es demostrar su condición de falacia. Porque el tiempo ha demostrado que no se puede hablar categóricamente de muerte, sino de múltiples formas de morir. Y algunas veces no son más que ligeros desfallecimientos, que siempre conllevan una revitalización. Xu Zao cuestiona los augurios sobre el final de las imágenes en su ópera prima, una brillante muestra de cine de animación e imagen real, que reinvindica la capacidad del cine para reinventarse como medio capaz de crear nuevas realidades que antes le resultaban ajenas. La acción se desarrolla en un gran estudio abandonado en China, un gigantesco set que reproduce algunos de los grandes monumentos del mundo y que lleva años sin acoger un rodaje. Es un lugar anacrónico en una sociedad en la que los viajes al espacio se han convertido ya en una realidad accesible. Estamos, otra vez, ante una metáfora sobre el propio cine. Allí permanecen instalados inocentemente en el pasado una serie de personajes, entre ellos se encuentra Lao Zhao, el vigilante de seguridad que vive sumido en una profunda melancolía junto a su extraño gato y a su robot limpiador.
Cuando como pago por uno de sus salarios atrasados recibe unas gafas de realidad virtual, su vida, igual que la película en ese punto, comienza a mutar. Hasta ese momento, Xu Zao recurre a la animación de trazos clásicos y modos artesanales, pero cuando el protagonista decide usar sus gafas, este entra en un mundo donde la imagen se recorta, adopta el aspect ratio 4:3, y la tristeza deja paso a la acción real –con colores flúor, música y vitalidad–, y allí es donde el vigilante se transforma en el personaje de una historia de amor virtual. Esta dualidad que dispone el film apuesta por la idea de reconciliarse con la vida a través de un avatar, de conocerse así mismo escondido tras una máscara. Un gesto que tiene tanto de poético, por su disposición formal, como de reflexión política a propósito de las identidades. Con un sentido del humor singular, la película retrata el fin de una era y el principio de otra donde el cine sigue vivo, porque como dice el director del estudio, refiriéndose al lugar que dirige, “morir en un fotograma, es la mejor muerte para este sitio”. Y, a partir de ahí, una nueva resurrección.








