Imaginar un futuro entre sillas
Jana Oteo Carceller
En la periferia de Contagem (Brasil), Kelly, una profesora de lengua recién llegada, intenta dar clase en un colegio público donde el aprendizaje se ve atravesado por la inestabilidad. En Disciplina (2026), Affonso Uchõa sitúa la cámara en ese espacio de tensión para reflexionar, una vez más, sobre las condiciones de vida de los jóvenes de la periferia brasileña y sobre la posibilidad (o imposibilidad) de imaginar un futuro. Y es precisamente el término futuro el que atraviesa el último mediometraje del cineasta brasileño: una palabra que, según su uso común, sirve para hablar del tiempo que todavía no ha ocurrido, de lo que vendrá después del presente. Sin embargo, el término también adquiere significados que trascienden su dimensión temporal. Decir que alguien ‘tiene futuro’ significa que tiene opciones y oportunidades. Uchõa, autor de películas como Arábia (2017) o Siete años en mayo (2019) –ganadora del Premio a la Mejor Película en Filmadrid 2019–, observa en esta ocasión la situación de una escuela para hablar sobre las tensiones de la educación pública brasileña, atravesada por la precariedad de recursos y las desigualdades sociales.
El conflicto de la película se centra en un enfrentamiento entre Kelly y uno de sus alumnos, Nicolás, aunque el sentido de la película se reconfigura en una escena alejada de esa tensión. De noche, la cámara, en posición elevada, observa el patio del colegio mientras los alumnos apilan sillas y pupitres hasta formar una gran montaña. Al terminar, se sitúan alrededor del mobiliario para enumerar, de uno en uno, qué entienden ellos por futuro. Sus respuestas oscilan entre la esperanza y el temor, generando una poderosa secuencia: palabras como trabajo, seguridad, amor y familia se intercalan con otras como miseria, fascismo, sangre y ansiedad. Cuando la última voz dice “hoy”, el futuro no aparece como una realidad lejana, sino como una construcción que depende de las condiciones del presente. La propia estructura de esa escena coincide con una estrategia que atraviesa toda la película: la importancia que Uchõa concede a la voz de los jóvenes. A lo largo de la cinta, estos toman la palabra para compartir experiencias y reflexionar sobre su realidad en diversas ocasiones, de modo que, más que construir personajes individuales, el cineasta brasileño compone un retrato coral de esta juventud de la periferia de Contagem.
Esta apuesta por la palabra, por momentos, otorga a la película un carácter teatral y también poético. Su puesta en escena recuerda a una obra de teatro que rompe momentáneamente la ficción, y precisamente hay un momento que evidencia el dispositivo cinematográfico al situar a tres intérpretes frente a la cámara para pronunciar el título de la película y los créditos antes de que la acción continúe. En otras ocasiones, Uchõa desplaza esa dimensión hacia formas cercanas al slam poetry, donde los alumnos hablan por turnos, se escuchan y se responden con una interpretación coral y performativa. Más allá de ser un recurso narrativo, la palabra es el eje que construye la película y traslada la acción hacia un espacio donde lo individual se transforma en colectivo. Del mismo modo, esta escuela podría ser cualquier escuela de la periferia brasileña, y Nicolás podría ser cualquiera de los alumnos de la clase. En esa lógica, Disciplina no se limita a representar una situación concreta, sino que la convierte en una reflexión sobre la educación, la voz y las condiciones que determinan la posibilidad de imaginar un futuro.
La poesía, aún
Antía Freire
Hay una frase en Disciplina (Affonso Uchõa, 2026) que tiene la capacidad de recoger casi toda la película y, al mismo tiempo, abofetear al espectador con una realidad que ya lleva veinte minutos viendo. La pronuncia Rafael, trabajador de limpieza, y reza “Esto es una escuela pública y para la gente que no tiene dinero (…) la escuela sirve para no morir de hambre”. La contundencia de la afirmación no admite demasiadas interpretaciones. En ella resuena la realidad de que la educación pública es una de las últimas infraestructuras capaces de sostener la vida, muchas veces una vida derrotada, desesperanzada o con el más aciago de los destinos. Aunque esta idea se cuente desde distintas poéticas a lo largo del metraje, Affonso Uchõa no enfoca el mensaje desde la perspectiva de la necesidad y cuanto más presente está la conciencia de un horizonte social restringido, más empeño parece poner la película en la búsqueda de formas de belleza.
La paradoja que construye la obra final que es Disciplina nace precisamente de ese contacto. Rafael, desde la experiencia, pronuncia una frase que reduce la función de la escuela a la supervivencia más elemental, y que si golpea es porque la costumbre se encuentra en películas que idealizan y romantizan lo académico como vía de escape, amparándose en una meritocracia americanista que rara vez se ve en los contextos precarios reales. Pero, aún así, toda la puesta en escena parece rebelarse contra una concepción del conocimiento subordinada exclusivamente a la utilidad. Los personajes se mueven coreografiados por las aulas y juegan entre ellos con las palabras creando armonías sonoras, prácticamente poemas contemporáneos, hermosísimas. Lo hace en una época en la que la educación se evalúa cada vez más por su capacidad para producir trabajadores competitivos y no ciudadanos libres, pero, sobre todo, lo hace en un contexto en el que sabe que elegir el conocimiento menos práctico no será una opción para sus personajes.
Esta decisión formal resulta particularmente significativa porque se aplica a una historia deliberadamente pequeña, carente de grandes acontecimientos o giros dramáticos protagonizados por personajes excepcionales. Ahí encuentra la posibilidad de una experiencia estética intensa que cuestione si la belleza puede surgir en los lugares donde normalmente no se espera encontrarla. Las historias de pobreza o desestructura familiar no permiten entender esta ruptura con el naturalismo como un gesto ornamental gratuito, Uchõa está haciendo una declaración de principios. En esa escuela pública, donde el futuro aparece cegado y donde el presente obliga a pensar antes en el hambre que en las aspiraciones, la película asienta que lo único que separa al reconocible como intelectual a primera vista del obrero es, tantas veces, la falta de privilegio. La esperanza existe, pero no se encuentra donde habitualmente la buscamos. Los personajes no logran superar obstáculos definidos ni experimentan un arco que reafirme la posición de la escuela como institución redentora. Entonces, si hay esperanza, es porque la vemos en la propia forma de la película. La escuela sirve para no morir de hambre y la película no discute esa verdad. Pero tampoco se conforma con ella.








