Alejandro Amenábar ha hecho una película sobre los años de Miguel de Cervantes en Argel, pero parecería que quizá quería hacer un Espartaco. El cautivo no solo pone el foco en las relaciones sexoafectivas entre el joven Miguel y Hasán Bajá, el gobernante de Argel que le mantuvo preso, llevando a la evidencia el homoerotismo que en la película de Kubrick permanecía en la epidermis; sino que Amenábar insiste en hacer del escritor un héroe, y de la película, una cinta de aventuras que tiene más que ver con la épica de trazo grueso que con la dimensión humanista de aquel que luchó contra molinos.
Basta con fijarse en el comienzo de El cautivo, en el que el mar argelino aparece tamizado por el brillo de la textura digital. Entonces, la película nos lleva a la prisión donde se encuentra Cervantes. La cámara, sobreexcitada, sigue las acciones de un grupo de guardas, que está vendiendo con violencia a los reclusos. De hecho, este comienzo plantea ya algunas dudas en el tono de la película, pues no hay ninguna medida a la hora de aproximarse a la tortura, como si no importara pasar de la violencia a la comedia.
Cada gesto aparece perfectamente acentuado, cada ruido resuena como si fuera el único, con una contundencia irreal, y así con todo. Hay, desde el comienzo, una pátina falsa en todo aquello que se está viendo y oyendo: en el sonido de una ropa desgarrada, en el griterío, en las conversaciones en segundo término, en un Argel de ebullición controlada, en el deseo sexual impuesto por el guion, en los cabellos limpios de los presos, en una mirada maniquea sobre las religiones.
A lo largo de la película se narra cómo Cervantes deviene una figura célebre por su capacidad de contar historias, Amenábar podría excusarse precisamente en eso, en la cuestión de lo fabulístico, en que todo lo que vemos no es más que un relato. Sin embargo, hay una diferencia fundamental entre ficción y falso, y si El quijote es, entre otras cosas, un elogio a la imaginación, esto no tiene nada de falso, algo que sí recorre El cautivo por cada uno de sus planos.
En Espartaco, lo homoerótico se abría paso entre los torsos húmedos de Tony Curtis y Laurence Olivier. En El cautivo, Amenábar ha querido incidir en el retrato de un Argel eminentemente queer, poblado de travestis, rebosante de orgías y regido por un gobernador que declara su gusto por los hombres, y a quien Cervantes corresponde con curioso interés. Hay algo interesante en el gesto de apropiación o de evidenciación de la figura de Cervantes en clave queer, pero incluso en eso, en el deseo, en la carne, en los besos, en las disidencias, no termina de encontrar algo genuino. No hay nada transgresor en la imagen de Cervantes enrollándose con el Bajá, porque lo subversivo no puede estar solo en lo que la película cuenta, sino en el cómo.
Violeta Kovacsics
España, Italia, 2025 Guion: Alejandro Amenábar y Alejandro Hernández Montaje: Carolina Martínez Urbina
Fotografía: Alex Catalán Intérpretes: Julio Peña, Alessandro Borghi, Miguel Rellán, Luna Berroa,
José Manuel Poga Distribución: Buena Vista








