Carlos Losilla
Nada más difícil que enfrentarse cinematográficamente al final de la existencia, la vejez, la enfermedad, la muerte. No diré que solo cineastas como Leo McCarey o Yasujiro Ozu lo hayan conseguido con una cierta dignidad, pero sí que el tono indirecto, el acercamiento oblicuo ayudan mucho a plasmar esa lenta decadencia, ese periodo fundamental de lo que todavía es la vida. Lance Hammer, en su segundo largo, ha optado por lo contrario. Queen at Sea es un film que busca el enfrentamiento con su audiencia, que no se anda con chiquitas, y en el que la ancianidad no es precisamente un jardín de rosas. Juliette Binoche interpreta a la hija de una mujer mayor con demencia senil que ya casi no la reconoce y que vive una peculiar relación con su marido: precisamente el film empieza cuando Binoche los descubre en pleno acto sexual, lo que da inicio a una serie de acontecimientos –denuncias, internamientos en residencias, separación forzosa de la pareja– que a su vez construyen la estructura del film, una sucesión de viñetas, a veces truculentas, a veces tiernas, en torno a un proceso irreversible que Hammer nunca pinta con medias tintas, sino con todo lo que supone en cuanto a dolor y desintegración familiar.
Hay un detalle, sin embargo, que matiza esa visión descarnada. En sus encuentros y conversaciones, los personajes a menudo aparecen descentrados en el encuadre, en medio de una arquitectura de colores suaves y línea clara pero desterrados a la parte inferior del plano o perdidos entre escaleras sinuosas y habitaciones solo entrevistas. Como si se encontraran perdidos en esos espacios, o abrumados simbólicamente por las circunstancias, no parecen encontrar su lugar en un universo que de repente se les ha vuelto hostil. Y ello los caracteriza, y los compadece, más allá de un guion en exceso explícito y tremendista. La película no los ha abandonado –tampoco a nosotros, espectadores y espectadoras–, y se muestra solidaria con sus lances y penurias. Es una lástima que Queen at Sea no acabe de explorarse a sí misma desde esa perspectiva y prefiera, sobre todo en la última parte, contemplar su propio desmoronamiento y el de los personajes sin inmutarse demasiado, acudiendo para mitigarlo a una trama paralela –la llegada al amor de la hija adolescente de Binoche– que nunca acaba de encajar. En medio de esas contradicciones, no obstante, deberíamos quedarnos con la interpretación de Tom Courtenay, en cuyo rostro parece habitar permanentemente una confusión vital, una progresiva pérdida de la identidad, que en el fondo es el gran tema de la película.








