Carlos Losilla

Reducida a su pura trama, Mujer desconocida (Woman Unknown) no puede ser una película más sencilla y lineal. La sirvienta de un poderoso hombre de negocios danés, poco después de acabada la Segunda Guerra Mundial, está a punto de casarse con él cuando la caza de colaboracionistas pronazis que atravesó el país en aquel momento les afecta de lleno. Por una parte, pues, el segundo largo de May El-Thouky quiere dar cuenta del nacimiento de la historia contemporánea, nada menos, y del nuevo modelo político surgido a partir de Auschwitz e Hiroshima. Por otra, lo hace a través de una figura femenina que a su vez explica metafóricamente cómo las mujeres fueron las más perjudicadas en esa transición crucial. Se trata de un paisaje político muy frecuentado por el cine, y seguramente debe de ser Fassbinder el cineasta todavía de referencia al respecto, una fama que se ganó con filmes como El matrimonio de Maria Braun (1979), Lola (1981) o La ansiedad de Veronika Voss (1982), todos ellos relatos en torno a mujeres simbólicas, metafóricas, sacrificiales.

Frente al enfoque abierta y vocacionalmente melodramático de esta tradición, sin embargo, El-Thouky apuesta por una perspectiva muy distinta, pues Mujer desconocida desactiva cualquier tipo de identificación con su audiencia mediante un estilo distanciado, que convierte cada una de sus secuencias en retablos desplegados con calculada parsimonia, como si se estuviera jugando su prestigio a cada paso. Eso tiene sus ventajas, por supuesto, y es de ahí de donde Mujer desconocida extrae sus mejores bazas, entre ellas una extrema minuciosidad en la ambientación y la recreación de escenarios: la casa de los protagonistas, por ejemplo, vista como un laberinto que es también una prisión. Pero de ahí surgen igualmente decisiones formales muy problemáticas, que convierten el film en una sucesión de informaciones argumentales que apenas van más allá de sí mismas. El resultado es contradictorio, demasiado preocupado por su propia supervivencia como para resultar emotivo y, no obstante, tan gélido y abstruso que termina siendo la representación más perfecta que concebirse pueda de sus propios protagonistas, de la época que recrea. Y la cuestión que plantea al final no es baladí, afecta a una buena parte del cine contemporáneo: ¿hasta qué punto se puede confundir la sobriedad con el academicismo?