Carlos F. Heredero
Como en otras tantas realizaciones de la francesa Nicole García, esta nueva película suya vale lo que vale su argumento. No busquen más, porque no lo hay. Estamos ante un caso paradigmático de estilo impersonal y neutro, de puesta en escena plana, ilustrativa del guion y, por lo tanto, a merced exclusivamente de sus actores. Y ese es el papel que juega esta vez la siempre solvente Marion Cotillard, intérprete aquí de Alice, una mujer que llega a una tranquila ciudad de provincias, se emplea como camarera en una modesta cafetería del lugar y trata de acercarse sigilosamente a Milo, un joven que trabaja como mecánico en un taller de coches y anda implicado en turbios negocios amparados por algunos integrantes de la alta burguesía. Un pasado remoto une a Milo con Alice, cuyo vínculo real es lo que más parece interesar al guion, sin que la película consiga alzar el vuelo más allá de los sucesivos giros argumentales por los que la conduce una escritura dramática convencional.
Del pretérito emergen también, si bien como mero telón de fondo, el eco devastador de una revuelta violenta alentada por intelectuales académicos, la derrota de unos ideales mal encauzados y las heridas que todo aquello dejó entre sus protagonistas. De lo que realmente se ocupa el guion, sin embargo, es de la reverberación de todo aquello sobre el presente, aunque desarrollado en términos más cercanos al melodrama que a la reflexión histórica. No es de extrañar, por tanto, que el resultado final sea una aséptica y aplicada película que apenas puede dejar ninguna huella memorable.











