Àngel Quintana

Hay un momento en La voz quebrada en el que se afirma que todo cuanto cuenta la película está basado en documentos auténticos. La declaración resulta significativa porque el verdadero valor del proyecto se encuentra en el trabajo de archivo realizado por Manuel Menchón y en la recuperación de materiales relacionados con los últimos meses de Federico García Lorca. El núcleo de la investigación son las memorias, cartas, poemas y documentos personales conservados durante décadas por Juan Ramírez de Lucas, considerado el último amor de Lorca, con la voluntad expresa de que fueran conocidos después de su muerte. A ello se añade el extraordinario hallazgo de las imágenes de La Barraca conservadas en el archivo de Gonzalo Menéndez-Pidal, restauradas para la película y que contienen algunos de los escasos testimonios cinematográficos de Lorca en movimiento.

El problema es que este valioso trabajo documental acaba diluyéndose bajo una capa excesiva de postproducción. La voz quebrada parece sentir la necesidad de embellecer aquello que ya posee una fuerza propia como documento. La reconstrucción, la música, el tratamiento de las imágenes, las voces y el artificio visual terminan imponiéndose sobre la materialidad de los archivos. Como si el documental desconfiara de sus propias pruebas y necesitara convertirlas constantemente en espectáculo. Pero el problema no es solamente formal. También afecta al guion. El punto de partida contiene una hipótesis centrada en reconstruir la relación amorosa entre Lorca y Juan Ramírez de Lucas durante los últimos meses de la vida del poeta, hasta el proyecto frustrado de abandonar España. Ese debería ser el epicentro desde el que organizar la investigación histórica. Sin embargo, la película se dispersa en numerosas direcciones y acaba trazando una biografía de Lorca demasiado general para que la revelación inicial adquiera toda su importancia. El recorrido por Fuente Vaqueros y Granada —con la ausencia significativa de Asquerosa— abre una genealogía que después conduce hasta la visita de Einstein a la Residencia de Estudiantes. Pero ahí se echan en falta precisamente algunas de las relaciones que permiten comprender la formación intelectual y artística de Lorca: Dalí, Buñuel, Pepín Bello. Más adelante aparece Nueva York de una manera igualmente lateral, mientras el relato se detiene en La Barraca. Es en este tramo donde aparece uno de los grandes tesoros de la película: las imágenes de archivo en las que Lorca puede verse interpretando Sueño de una noche de verano. Sin embargo, después de haber encontrado ese material excepcional, el documental vuelve a desviarse y termina regresando, casi como una repetición, a los acontecimientos que condujeron a la muerte de Lorca. El problema es que el relato parece avanzar sin decidir exactamente qué quiere investigar: ¿la vida del poeta, su formación intelectual, la historia de su último amor, la persecución de los documentos o las circunstancias de su asesinato?  De ahí que La voz quebrada produzca una sensación contradictoria. Cuanto más extraordinarios son los materiales que descubre, más convencional resulta la forma de organizarlos. De este modo una investigación que podía aportar una nueva perspectiva sobre la intimidad de Lorca termina convertida en un rodeo en forma de biografía ilustrada y excesivamente intervenida.