Carlos F. Heredero

Hay un arranque muy poderoso: en medio de las montañas nevadas, en pleno invierno y a despecho de una tormenta hostil, un hombre solitario (Isak) lucha por sobrevivir, por asentarse en un terreno al límite del bosque y por labrarse una existencia propia solo con lo que pueda extraer de la tierra y de la naturaleza. Pronto se le une Inger, una mujer que atraviesa el paraje y que lleva consigo una deformidad física en el labio que la marca de manera determinante. La unión de ambos les da fuerza para abrirse camino, construir una casa y cultivar la tierra a base de resistencia y de tesón. No necesitaba mucho más la propuesta. En esa primera hora de metraje, la intensidad física de las imágenes, el combate con el frío, con el viento y con las fuerzas naturales del entorno (la notable construcción del sonido juega un papel determinante en todo ello) consiguen que el film adquiera una dimensión intimista y épica a la vez que vibra con sinceridad mientras los cuerpos de los personajes se funden de manera armónica con el espacio y con el sentido de su encrucijada existencial.

Sin embargo, ¡ay! el relato empieza casi inmediatamente después a introducir subtramas y giros de guion casi sin descanso, uno tras otro, con la intención de acumular temas trascendentes: la dialéctica entre naturaleza y civilización, entre cultura y aprendizaje natural, entre la deformidad y la moral, entre la naturaleza virgen y la explotación capitalista, entre el Estado y el individuo… Y así es como Growth of the Soil pierde su organicidad para ganar en argumento, que es justo lo que le sobra (de manera flagrante) a la segunda hora y media del larguísimo metraje total. Y es una pena, porque la ambición argumental y temática de la película no encuentra un anclaje armónico con la dramaturgia —bastante caprichosa y llena de sucesos casi amontonados— que debería sostenerla. Todo se queda, finalmente, en un quiero y no puedo, en una oportunidad perdida a pesar de su muy prometedor comienzo.