Cristina Aparicio

Hay luchas internas que parecen propias y únicas pero que, en el fondo, son replicadas y compartidas por una gran mayoría. Que uno siempre quiere lo que no tiene es uno de esos tópicos que definen a la perfección el conflicto de los inconformistas, pero también de los idealistas. Tal vez, la clave sea, precisamente, que ambicionar un ideal otorga cierto sentido de esperanza, una ilusión por el futuro que mantiene el ánimo y las ganas de continuar. Pero, a su vez, impide disfrutar del presente. Mugalim es poesía. Es una película construida a partir de lo que no consigue apreciar su protagonista, lo que está pasando desapercibido por estar inmerso en sus ambiciones. En el corazón de Zhandos, un músico que da clases a niños pequeños, hay un anhelo profundo de dedicarse al arte, una inquietud que parece latir por las calles de Balkshash, la pequeña aldea rural en la que vive. Es determinante el espacio en lo que a posibilidades se refiere: la disyuntiva campo-ciudad es una constante en el relato que implica siempre una renuncia. Se trata de elegir entre la tranquilidad y el estrés, o entre hacer arte y enseñarlo.

Lo hermoso de Mugalim es la sencillez y la ternura con que decide contar esta historia. A la pregunta “¿cuál es tu sitio?”, las respuestas surgen de las imágenes que capturan lo radiante, lo fresco, la quietud y la calma que rodean al profesor en todo momento. Y no es una cuestión menor, porque en el film el sentido de la vida se plantea a partir de lo más mundano y cotidiano: la manera en que se trasmite la pasión por la música en las aulas, la necesidad de cuidar de los demás, de saber volver a las raíces… Mugalim es una de esas películas que se dedican a la contemplación: un acto profundo cargado de trascendencia que invita a decidir desde lo real, quizá la clave para encontrar la paz que los ideales no terminan de otorgarnos.