Jara Yáñez
Cinco años y cuatro meses es el tiempo que lleva Martha buscando a su hijo. Aunque su historia es ficticia, en ella se condensan las experiencias reales de tantas madres buscadoras colombianas, mujeres que durante años rastrean el destino de sus hijos desaparecidos en los conflictos armados que atraviesan el país y con las que los cineastas han trabajado en la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD). Dedicada a ellas, “a su valentía, su voz y su memoria” (como se dice al final), la película de Juan Miguel Gelacio y Esteban Hoyos García condensa así una experiencia colectiva para convertirla en homenaje a quienes se niegan a aceptar el olvido.
Pero frente a la violencia que está en el origen de esas desapariciones, la película elige el silencio y la contención. Los planos permanecen pegados al rostro de Martha, a sus gestos contenidos, para seguirla en un largo viaje hacia un remoto pueblo de las llanuras, donde alguien le ha contado que puede pedirle a un muerto el favor de decirle qué le ocurrió a su hijo. Entre la memoria y la superstición, entre la búsqueda concreta y la imposibilidad de encontrar una respuesta, el relato se adentra en un territorio casi espectral donde la dimensión política se desplaza hacia lo íntimo. Y de este modo la película acompaña a Martha en su búsqueda para hacer sentir el peso de la ausencia a través del tiempo detenido, de la espera y, sobre todo, del silencio.
Finalmente el registro de los rostros de mujeres buscadoras reales dando sus nombres a cámara saca la película de la ficción y la reconduce a lo concreto para poner en evidencia no solo el hecho de una terrible experiencia colectiva, sino también de que sigue siendo una búsqueda abierta y urgente. Una operación sugerente que, sin embargo, deja también al descubierto los límites de una propuesta tan mínima y contenida. La insistencia en el silencio, los rostros y los tiempos suspendidos, que en algunos momentos consigue transmitir la dimensión de la ausencia, acaba por generar cierta monotonía y una sensación de escasa tensión expresiva. La película parece confiar demasiado en la capacidad evocadora de su contención y, al hacerlo, corre el riesgo de que aquello que inicialmente resulta significativo termine siendo también algo reiterativo.











