Carlos F. Heredero

El argumento de la película apenas nos dice nada sobre la verdadera naturaleza de este artefacto distópico con forma de comedia cruel y violenta que gira y se enrosca sobre sí misma de manera incesante: un matrimonio en crisis (Berto Romero y Belén Cuesta) va a pasar un fin de semana de turismo rural con el fin de encontrar un paréntesis sanador en sus relaciones. Cuando llegan a una casa en medio del campo, les recibe el encargado de la agencia (Javier Cámara), les enseña la casa y les entrega las llaves, pero cuando ya están a punto de despedirse, el tiempo retrocede inexplicablemente cinco minutos y volvemos a encontrar a los tres personajes en el mismo lugar, situación y actitud con la que estaban exactamente trescientos segundos antes…

A partir de ese momento, el mecanismo se repite de forma cíclica y recurrente para devolver de nuevo a los personajes, una y otra vez, cinco minutos atrás en el tiempo. Solo que esta insólita circunstancia empuja la película por un terraplén de violencia y de crueldad en desatado crescendo. Lo que ocurre es que allí donde podría arraigar una sátira feroz de los peores instintos que pueden anidar en el interior de todos nosotros cuando nos vemos sobrepasados por lo irracional en medio de una distopía que nos atrapa sin salida posible, lo que emerge –cinematográficamente hablando– es una celebración de esa crueldad y de esos instintos.

Las buenas intenciones se ven traicionadas aquí por un dispositivo metanarrativo (esta es una película-artefacto, un juguetito, un mecano en forma de bucle) que se hace trampas al solitario para justificarse a sí mismo y para orquestar el torrente de irracionalidad por el que se despeña la propuesta. Es una película de ‘una’ idea (una sola) y a ella queda sometido todo su engranaje, pero también hipotecada, ¡ay! toda posible verdad emocional, a lo que contribuye además, de manera fatídica, el sonsonete continuo de la dicción de Berto Romero (autor también del guion), cuya afectadísima interpretación acaba por dinamitar toda posible credibilidad. Solo Javier Cámara, con su profesionalidad de siempre, consigue salir indemne de esta comedia negra que se mira a sí misma con limitadora autocomplacencia.