Carlos Losilla

No hay que buscar, en este tercer largo de Jane Schoenbrun, una trama perfecta o milimétrica. Tampoco verosimilitud ni encadenamientos causa-efecto que lleven, con lógica implacable, de una cosa a otra. La película ya tiende las suficientes ‘trampas’ como para despistar largamente, o sea que tampoco hay que añadirle más. La historia de esa cineasta, imbuida de las teorías queer pero fanática del slasher, o al revés, a la que se encarga filmar una nueva versión de un clásico del género de los años ochenta, podría ser —de hecho es— varias cosas: eso que se llama ‘metacine’, eso que se llama ‘terror’, eso que se llama ‘experimento’, eso que se llama ‘cine de vanguardia’. La mezcla podría ser explosiva, dar lugar a ese tipo de film que no es nada por querer ser tanto, y sin embargo ahí reside su secreto: de puro exceso, acaba segregando tanto que es incapaz de contenerlo; y esas secreciones son tan bellas, tan sorprendentes, tan únicas, que se convierten en la razón de ser del film, si es que un film como este puede tener una ‘razón de ser’.

Con su segundo largo, I Saw the TV Glow, Schoenbrun se convirtió en la heroína de determinadas generaciones de espectadoras, se centró en la fascinación que ejerció en ellas la ficción televisiva y en cómo condicionó sus vidas. Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma parece ir por el mismo lado, pero se desvía: lo suyo son las imágenes, cómo perviven y se transforman, y cómo regresan para preguntarnos qué tal estamos, qué vamos a hacer ahora con ellas. La protagonista va a parar a la casa de la actriz que interpretó la película original de la serie, ahora retirada en un caserón aislado, en el mismo lugar en que se rodó el film, y empieza a darse cuenta de que algo raro sucede allí. Pero en lugar de simples sustos, tenemos una escena memorable en la que la extraña diva proyecta aquel clásico y provoca en su huésped una especie de transfiguración. La realidad —del film— ya no va a ser la misma. Y, de hecho, no lo es en todo su metraje: importan los paisajes nevados, frente a un lago, a veces manipulados y convertidos casi en planos de animación; importa el rostro de Gillian Anderson (la actriz), a medio camino entre una máscara y la Gloria Swanson de El crepúsculo de los dioses; importa la confusión entre realidad y alucinación, la relación equívoca que se establece entre ambas mujeres… Importa la capacidad mutante —monstruosa— del cine, y lo que cuenta como parte de nuestras vidas. Pero no del relato de nuestras vidas, sino de su ausencia, de los agujeros y elipsis en los que surgen los fantasmas.