Àngel Quintana

Fatih Akin parte en Geister de una idea romántica. Farasha y Faris se conocen, se enamoran y, después de la muerte de ella en un accidente, su relación se materializa durante cuarenta días a través de los sueños de él. La película se sitúa así en un territorio donde lo real y lo sobrenatural deberían contaminarse mutuamente, haciendo de la pérdida una experiencia de transformación amorosa. Akin parte de una bella idea sin conseguir ser verdaderamente romántico. Le falta la sensibilidad para descubrir una poética de lo espectral y, sobre todo, la sutileza necesaria para que lo sobrenatural se infiltre en la experiencia cotidiana. En lugar de dejar que la fantasmagoría surja de las imágenes, la señala, la explica y la convierte en una prolongación demasiado evidente del sentimiento.

En este sentido, Geister podría haber sido una versión light de El cielo sobre Berlín. Wenders hacía que lo sobrenatural formara parte de la geografía urbana, que la ciudad cotidiana estuviera atravesada por presencias invisibles y que la mirada pudiera desplazarse imperceptiblemente entre diferentes niveles de realidad. Akin, en cambio, no encuentra esa dimensión misteriosa. Su ciudad sigue siendo un escenario, nunca un espacio contaminado por lo fantástico. Por eso Geister acaba convirtiendo una posibilidad poética en un mecanismo sentimental. Allí donde debería existir incertidumbre —¿es Farasha quien regresa, es el deseo de Faris quien la convoca, es la memoria quien reconstruye su presencia?— Akin prefiere la evidencia. No confía en la imagen y necesita explicarla emocionalmente. Cada intento de atraer sentimentalmente al espectador queda demasiado subrayado y cada aparición de los amantes demasiado vinculada a una significación que la película se apresura a proporcionar.

El problema es, por tanto, menos narrativo que cinematográfico. Lo romántico necesita distancia, ambigüedad, silencios y zonas de sombra. Akin parece incapaz de dejar que una imagen permanezca abierta, que el misterio se construya sin ser inmediatamente traducido en sentimiento. De este modo, una propuestsa potencialmente poética termina reducida a un melodrama sobre la persistencia del amor después de la muerte. Lo que podía haber sido una versión light de El cielo sobre Berlín acaba, por falta de misterio y de sutileza, acercándose peligrosamente a una versión ñoña de Ghost, sin Demi Moore.