Àngel Quintana

En 2017, Valeska Grisebach presentó Western, una de las películas europeas más estimulantes de la última década. Se trataba de un desplazamiento del imaginario remotamente inspirado en el western hacia Bulgaria donde, desde su posición de cineasta alemana, observaba las tensiones derivadas de la migración, el trabajo y las fricciones culturales. Su cine encontraba una rara capacidad para filmar cuerpos y espacios desde una distancia paciente, permitiendo que la política apareciera menos como discurso que como una presencia soterrada en los gestos y las relaciones. Casi una década después, Grisebach regresa a Bulgaria con Das geträumte Abenteuer (The Dreamed Adventure), esta vez a una localidad fronteriza entre Bulgaria y Turquía, para construir otra forma de western, más opaca y esquiva. La película comienza siguiendo a Said, interpretado nuevamente por Syuleyman Alilov Letifov, que vuelve al pueblo donde pasó su juventud para resolver un asunto ligado al contrabando. Pero Grisebach desarma pronto las expectativas narrativas. Said desaparece  y la película cambia de centro de gravedad para desplazarse hacia Veska (excelente Yana Radeva), una arqueóloga que también regresa a ese territorio mientras investiga la presencia de las redes mafiosas que dominan la región.

La película se bifurca constantemente hacia posibles caminos narrativos sin terminar de entregarse a ninguno. Por una parte estamos ante un relato criminal,  o ante una película fronteriza, una investigación arqueológica,  un western contemporáneo o una crónica social. Grisebach filma con una aridez extrema, sin concesiones dramáticas ni sentimentalismo. Bajo esa superficie austera aparecen el tráfico de personas, el contrabando de gasolina y las pequeñas claudicaciones cotidianas de quienes sobreviven en un rincón periférico de Europa sometido a estructuras de poder invisibles pero omnipresentes. Los restos arqueológicos que Veska estudia adquieren entonces una dimensión que va más allá de lo literal. Son residuos de un pasado enterrado que vuelve a emerger, igual que los personajes que regresan al lugar donde una parte de su vida quedó suspendida.

En Grisebach el territorio nunca es un simple paisaje. El territorio actúa como  una memoria sedimentada que reaparece una y otra vez. Más allá de su envoltorio de western contemporáneo –la llegada de una forastera que desafía a los poderes locales–, The Dreamed Adventure acaba revelándose como una película sobre  la persistencia de una masculinidad convertida en estructura de poder y en violencia. Una masculinidad tóxica y atávica que no necesita exhibirse mediante explosiones de brutalidad porque ya se encuentra inscrita en las relaciones, en las jerarquías y en los silencios. Quizá esa sea la verdadera aventura del título, la crónica del descenso a un territorio donde el pasado nunca desaparece y donde la violencia sigue funcionando como una herencia.