Jara Yáñez

Como la carretera que parte en dos el paisaje en el plano aéreo con el que arranca el film, L’Espéce explosive va abriendo una grieta en su propia forma fílmica que la hace evolucionar de un primer tramo en el que se coloca en el marco del thriller rural, de la investigación policial, a la deriva progresiva hacia una muy inteligente y divertida comedia burlesca y de slapstick. La trama del que es el primer largometraje de la francesa Sarah Arnold (después de varios cortos, entre otros, Totems, de 2014, con el que ganó el Pardino de Oro en Locarno) se centra en un pueblo del noreste de Francia, donde agricultores y cazadores se tienen declarada la guerra por los jabalíes, demasiado grandes y numerosos, que arrasan los cultivos. La desaparición de Brun, uno de los agricultores, desesperado ante la situación lleva, un año después, a la reapertura del caso por parte de la policía con la llegada de Fulda (un nombre que coincide con el de un río alemán, pero que también proviene del término ‘fulmine’ que significa ‘rayo’ en italiano). Fulda es un policía corso rebotado de otra comisaría por sus problemas de control con la violencia, pero no responde al estereotipo de policía violento y su encuentro con Stéphane, la psicóloga que también reasignan a la comisaría de la ciudad, terminará por ponerlo en evidencia.

Fulda es mucho mejor policía que su compañero de turno, pero también mucho más inteligente, observador, delicado y vulnerable. Y esa es precisamente la grieta a través de la cual la película comienza su mutación para convertir la rabia, la impotencia y el sentido de injusticia, en un sentido del humor que, en su forma de reivindicar la vitalidad, el amor y la risa, se convierte en una poderosa herramienta de resistencia y subversión. Porque también hay en esta deriva, en este sentido fluido de la película a través de los géneros, una reivindicación de lo queer que no solo se refleja en los personajes, sino que acaba formando parte de un alegato a favor de la evolución, del cambio y de la fluidez en la identidad y en el deseo (y que está contenido en el propio nombre de Fulda: ese río que también es rayo…).

Cuenta Sarah Arnold que puso en marcha este film a partir de la lectura de una noticia real sobre el conflicto en la región entre cazadores y agricultores. Cuenta también que esta lucha local le interesó porque le permitía a su vez generar una reflexión sobre los mecanismos de poder y abuso de (casi) cualquier contexto de la sociedad actual. Arnold aboga por lo lúdico, la libertad y el amor en la que ha sido una grata sorpresa inesperada en este festival.