Carlos Losilla
La última película de Sergei Loznitsa puede que sea la mejor de su filmografía. Hay en ella una verdad, una emoción y un sentido del cine que en el resto de sus películas siempre anda oculto entre la hojarasca de un discurso que se impone por la fuerza, por muy rigurosos que sean sus métodos de investigación y sus dotes para el documental. En Dos fiscales, todo sale a la superficie. No es que se haga evidente, sino que se hace imagen. La historia de ese joven fiscal que, en la Unión Soviética de 1937, se empeña en investigar el caso de un prisionero político injusta y bárbaramente encarcelado por el régimen de Stalin se muestra en planos de borde filoso, de gran limpieza expositiva, pero también invadidos por la mugre moral de la época. Por un lado, son encuadres límpidos y transparentes. Por otro, desbordan inquietud e incertidumbre. ¿Cómo se consigue eso? Siguiendo una estética clásica que es también la de cierta modernidad europea. Dos fiscales es un film que podría haber sido filmado en los 60 o los 70, pero se ha rodado cincuenta años más tarde. Y en ese desajuste, en ese agujero temporal, en ese vacío reside su valor, pues es la misma anomalía que rige la época retratada: de la misma manera en que la utopía comunista, llevada al extremo, conlleva su propia destrucción, pero también genera la belleza de la resistencia que mueve al protagonista, resulta imposible hacer ahora un film como los de aquellos años y, sin embargo, filmarlo como lo ha hecho Loznitsa supone un hermoso gesto.
En este sentido, también una cierta cultura clásica se hace presente. El propio Loznitsa habla de Kafka como influencia, aunque se basa en una historia de Georgy Demidov, y es imposible no recordar El castillo (1926) o El proceso (1925) en esos edificios laberínticos, en esos pasillos de la cárcel que parecen no tener fin, o que finalizan en una oscuridad insondable, o en esas escaleras por las que figuras humanas que no saben adónde van –“¿Dónde está la salida?”, pregunta una de ellas– se entrecruzan y deambulan sin rumbo. La secuencia en el tren de la segunda parte debe de ser uno de los grandes momentos cinematográficos del cine europeo de los últimos años, y el ritmo moroso, de dimensiones casi metafísicas, dibuja una magnitud existencial que va más allá del tiempo y del espacio que se nos presentan. Pues Dos fiscales no es únicamente un film sobre la Unión Soviética inmediatamente previa a la Segunda Guerra Mundial. Es también una película plenamente contemporánea, digamos que sobre los nuevos totalitarismos entendidos como la perversión de un ideal. Y, claro está, sobre el modo en que crean una estética que finalmente los identifica, la manera en que se hacen ladrillo y piedra, escalón y vagón de tren, claustrofóbico e irrespirable. También los planos del film de Loznitsa parecen cortados según ese mismo patrón y, en consecuencia, cada encuadre de su film no es solo un mundo sino varios, el que existió y el que dejó. Desde esa doble condición, en fin, se puede decir que Dos fiscales se sitúa más allá de sí misma para mirarnos, para entendernos.











