El 20 de noviembre se cumplen cincuenta años de la muerte de Franco. Una efeméride a la que volvemos, como gesto de reivindicación de la memoria histórica, en un momento en el que las circunstancias del mundo vuelven a poner en evidencia la delicada fragilidad de cualquier democracia. Recordar la muerte del dictador y el inicio de ese largo y complejo proceso de Transición que se abría justo después nos lleva, en estas páginas, a ‘ecografiar’ (en palabras de José Enrique Monterde) el estado del cine en España justo en ese mismo año 1975. Recuperar los títulos de las películas que se estrenaron entonces, recordar las salas donde se proyectaron (de ‘arte y ensayo’ o ‘especiales’ y el cineclubismo, también) e incluso recopilar las cifras de taquilla, permite contextualizar un momento determinante de nuestra Historia que nos lleva de nuevo al cine como espejo crítico de lo social y lo político. Pero resulta valioso volver al cine de 1975 también para señalar el lugar que ocupa una película bisagra como lo fuera Furtivos (José Luis Borau), estrenada justo ese año y que, tras ganar una dura pugna con la censura, “contribuye de manera decisiva a ampliar el marco de lo decible”, en palabras de Carlos F. Heredero. Vamos sin embargo un poco más allá en nuestro análisis y nos centramos en los primeros compases de la Transición y en el peso específico de títulos como El sopar (Pere Portabella, 1974), Queridísimos verdugos (Basilio Martín Patino, 1977) o Shirley Temple Story (1976), de Antoni Padrós. Constatamos entonces “la vigencia de una serie de obras que funcionan como documento de un tiempo de desorden que quizás no fue ni tan modélico como pretendía el discurso oficial, ni tan transgresor como han conformado ciertos discursos alternativos”, tal y como explica Àngel Quintana en su texto. Entre el relato eufórico y generalmente simplista de la Transición y el desencanto más crítico, preguntarnos qué lugar ocupa hoy aquel periodo, a través del cine, revela sin duda grietas, fisuras, silencios, continuidades y asuntos pendientes. Las películas nos ayudan a entender cómo la sociedad española negoció su memoria y representó sus miedos y deseos en el proceso de dejar atrás la dictadura. Volver a ello hoy, cuando las crisis globales, las guerras y las tensiones ideológicas –cada vez más polarizadas– evidencian la terrible vulnerabilidad de la justicia, la paz y las libertades (ahora que la palabra ha sido corrompida), es un ejercicio de diálogo esencial con el pasado y de compromiso con el futuro.

En este sentido, y de manera casual, un ligero hilo conductor recorre sutilmente algunas otras páginas de un número de la revista que va siendo puntuado por otros títulos que dialogan con esta reflexión desde lugares, prismas y estrategias distintas. Porque hay en el pase en el Festival de San Sebastián de la versión restaurada de En el balcón vacío (Jomí García Ascot, 1962), película que refleja la experiencia del exilio español tras la Guerra Civil (y a la que dedicamos un texto en el marco de la crónica del certamen), un gesto de reivindicación de la memoria como mecanismo esencial para la comprensión y la superación histórica. Pero también el estreno comercial de un film actual como es Constelación Portabella (Claudio Zulian), del que publicamos texto crítico, ofrece la posibilidad de leer la trayectoria de un cineasta que asocia la vanguardia cinematográfica con lo político, como un particular recorrido por la historia del país, desde el desarrollismo franquista hasta hoy, pasando por la Transición. Del mismo modo, el paso por las salas de El último arrebato (Marta Medina y Enrique López Lavigne) nos lleva de vuelta a la película de Iván Zulueta (Arrebato, 1979) y a su mirada oscura, desencantada y contracultural de la Transición como un periodo inquietante de vacío. Y entonces quizá el cine, como relato interpretativo de la Historia, nos ayuda a entender algo del presente, desde los reflejos del pasado.

Jara Yáñez