Se me hacía imposible rechazar una propuesta tan estimulante como la de dirigir un número de Caimán CdC. Supone una oportunidad para parar y pensar, para mirar el cine desde otros ángulos, para abrir preguntas sin necesidad de encontrar respuestas.

Durante este proceso me he estado preguntando si, más allá de géneros o de estilos, existen posturas éticas o maneras de mirar que nos vinculan como cineastas. Muchos de mis colegas, algunos presentes en este número –y a quienes agradezco profundamente sus aportaciones–, comparten una sensibilidad que reconozco como cercana.

Sería hipócrita por mi parte situarme dentro de aquellas corrientes donde predomina la estética, donde la forma se impone a la emoción, o donde el efectismo narrativo conduce al espectador. Si hay algo con lo que me identifico es con eso que se ha llamado, a falta de un término más concreto, cine humanista. Ese que confía, respeta y ama a las personas que retrata. Que cree en su inteligencia, en su generosidad. Y que también cree en la sensibilidad del público: en su capacidad para sentir, comprender y aventurarse con nuestras propuestas.

¿Qué es el cine, sino un acto de transmisión? Empatizar con el otro para encontrarse a una misma. Vivir a través de la pantalla. El cine nos convierte en niños: nos devuelve la magia del descubrimiento, el misterio de lo no dicho, la imaginación de lo que queda fuera de cuadro… ¡Cuánto se parece el cine a la infancia!

Vivir el cine. El cine y la vida cogidos de la mano. De ahí el valor del proceso creativo. No se trata solo de aquello que aprendemos y arriesgamos en lo cinematográfico, sino también de aquello que nos ofrece cada viaje fílmico, de la gente que conocemos y de las experiencias que nos transforman.

De aquí la insistencia en compartir materiales de creación de películas: las influyentes, las admiradas, las propias… Para entender el cine como una búsqueda, un experimento, un juego. Algo vivo, que se transforma en su camino hacia la concreción. Una manera de estar en el mundo que nos mantiene curiosas y atentas. Lejos de la obsoleta idea del ‘genio creador’, proponemos abrir los procesos, confiando en que mostrar la fragilidad del artista puede ser, al menos, inspirador y, por encima de todo, un gesto honesto.

Apasionarnos con el trabajo de otros –antecesores o coetáneos– nos lleva a cruzar imaginarios y a comunicar universos. Existen escenas que se nos quedan dentro, en lo más profundo de la memoria emocional. Es el poder del cine para conmover con su poesía, agitar nuestras reflexiones y acompañarnos en nuestro crecimiento como humanidad.

Bienvenidos, queridos y queridas. Deseo que disfrutéis lo que encontraréis aquí dentro tanto como nosotras lo hemos disfrutado al prepararlo.

Carla Simón