Carlos Losilla
No voy a decir que hay dos maneras de enfrentarse a esta película porque no sería verdad. Solo hay una, como ocurre con todas, pero ramificada en innumerables capas superpuestas. Su primera capa, en este sentido, es la que menos me interesa: una reflexión más bien superficial sobre las incongruencias del cine histórico y el biopic, sobre lo absurdo de acercarse a algo que haya ocurrido en el pasado con las armas de la actualidad y, lo que es peor, con la intención de ‘reconstruirlo’. En la ópera prima de Paula Tomás Marques, Duas vezes João Liberada, se trata de la historia de Liberada, una mujer perseguida por la Inquisición cuya peripecia quiere llevar a la pantalla el equipo cinematográfico que protagoniza el film utilizando un enfoque convencional que incluye música de Schubert. A partir de ahí, el espíritu de Liberada se rebelará, dejará al director paralizado y sembrará la duda en la mente de Joao, que se encarga de dar vida al personaje. Hay aquí varios apuntes sobre las ambigüedades de la sexualidad y el llamado ‘sexo no conforme’ que resultan agudos y certeros, pero también una explicitud que desbarata cualquier intento de otorgar densidad y complejidad a esta peculiar propuesta de ‘cine dentro del cine’.
Es cuando pasamos a las otras capas, sin embargo, que la película de Paula Tomás Marques adquiere una cierta consistencia y, por si fuera poco, se acaba vinculando así con ese merodear en torno al sentido de las imágenes contemporáneas que parece estar en el centro de la sección Zabaltegi de este año. Y de una manera, digamos, explícita pero no evidente. Duas vezes João Liberada está rodada en 16 mm, producida por la Elías Querejeta Zine Eskola y vinculada con el programa Nest del propio festival. En otras palabras: quiere dejar claro que lo suyo es experimentar, proponer una idea del cine. El cine no ‘falta’, como sucedía en algunos de los cortometrajes vistos el otro día, sino que está muy presente, pero tiene problemas. El cine no sabe qué hacer consigo mismo, como sucedía en Una película de miedo, y eso, paradójicamente, lo impele a hacer algo. Y es entonces cuando el cine de rebela contra lo que quieren que haga, o contra lo que quieren hacer con él. En las mejores imágenes de esta película, es la imagen misma la que empieza a descomponerse, como si se resistiera a tomar una forma: el rostro deformado del director, los ataques a João en plena noche… El plano se distorsiona a sí mismo, el sonido se desencaja. Y el film se convierte entonces en un gran caos que nada ni nadie puede habitar, porque los nuevos protagonistas –mujeres ‘no conformes’, entre otros– tampoco están conformes con las formas de representación en la que les ha tocado alojarse. Ya vimos cómo jugaba con eso Iván Zulueta en Arrebato, y cómo lo recreó El último arrebato, pero ahora es otra cosa: el cine nos ha vampirizado tanto que quizá ya sea hora de liberarse de su yugo.











