Carlos F. Heredero
Escrita junto a su coguionista habitual, Rafael Cobos, la nueva realización de Alberto Rodríguez (firmante de títulos como La isla mínima o Modelo 77) es una inmersión –valga aquí la analogía facilona– en las aguas profundas hasta las que debe descender Antonio (Antonio de la Torre) en su trabajo habitual como buzo industrial en el mundo del petróleo: una tarea en la que se juega la vida, pero en la que ha conseguido destacar como profesional admirado (‘El tigre’), a la vez que se muestra desastrado y torpe en su vida personal, separado de su mujer y sin apenas dinero para valerse. Acompañado siempre por su hermana Estrella (Bárbara Lennie), el protagonista es un antihéroe tentado por el dinero fácil (y delictivo) cuando se presenta la oportunidad de hacerse con un alijo de droga, punto de giro que conduce el relato hacia las aguas de un thriller en el que el pulso narrativo del cineasta no consigue mantener la tensión ni el interés de manera convincente.
Las abundantes secuencias submarinas y el suspense dramático que encierran ofrecen, es cierto, un escenario que el cine español no había transitado hasta ahora (y son, con mucho, lo más distintivo y original del film), pero llega un momento en el que se alargan en exceso, por lo que la narración se estanca sin que sepamos muy bien hacia dónde quiere llevar el cineasta su película. Las convincentes interpretaciones de los actores y el solvente empaque formal de Alberto Rodríguez consiguen que el relato (emotivo retrato a veces de un pobre diablo que es a la vez un profesional generoso y una persona incapaz de controlar su vida, metida en una trama que le sobrepasa) se mantenga a flote a pesar de un guion que debe recurrir a lo explicativo para introducir el trauma emotivo que arrastran los protagonistas desde su infancia, y de la confusa articulación narrativa de su resolución final. No estamos ante una mala película, pero tampoco ante un film que tenga la fuerza ni el pulso de otras realizaciones de su director.











