Carlos Losilla
No sé si encontrarme de buenas a primeras con una película como esta inaugurando la sección Zabaltegi de este año, en el festival de San Sebastián, es una buena o una mala señal. Si abordo el último largo de Sergio Oksman como una ‘no ficción’, ese concepto que tan rápidamente ha envejecido, las perspectivas no se me presentan halagüeñas, pues los métodos del film, vistos exclusivamente desde ese lugar, resultan repetitivos y las fórmulas gastadas. En cambio, si lo observo como una ficción en toda regla –en estos tiempos de fakes desatados, ¿acaso no todo es ya ficción?–, el punto de vista cambia de manera radical. En efecto, Una película de miedo, pese a su título estruendosamente metafílmico, es el relato de cómo un director de cine llamado Sergio Oksman se va de vacaciones con su hijo a un hotel lisboeta que pretende transformar en el lugar donde se podría rodar un film de terror. O donde él mismo podría hacerlo. Eso, sin embargo, solo ocurre en su imaginación. En la pantalla, se suceden conversaciones, anécdotas, apuntes sobre otras posibles películas, todo ello hilvanado por una voz en off que cuenta también otras historias, entre ellas la de otra película, también atribuida al tal Sergio Oksman, en la que otra vez él mismo filmó a su padre poco antes de que muriera. Lo han adivinado: esta última película se titulaba O futebol (2015) y ganó varios premios en festivales hace ahora unos diez años. ¿Juego de espejos? ¿Y cuál es el miedo del que habla Una película de miedo? ¿Quizá el miedo a la vida, o la vida como aquello que realmente da miedo?
Ni una cosa ni otra. Si Una película de miedo es una película espléndida es porque deja todas esas obviedades a un lado para convertirse en la posibilidad imposible de una ficción. O en la posible imposibilidad de filmar hoy una ficción, un relato sólido y contundente. Todo queda a medias: se empieza a hablar de la historia de Diogo Alves, el llamado ‘asesino del Acueducto’, y no se ve por dónde seguir; se alude al otro padre, al otro film, pero las conexiones no terminan de funcionar… Pues bien, es en ese punto, en ese giro constante que deja el film ‘en el aire’ donde se halla su clave. Hay que lograr un estado de suspensión, un relato que flote, que no se decida por nada, para que todo lo demás, todo lo que queda, decida por él. ¿Y cómo se llega hasta ahí? En un momento dado, el tercer personaje, el amigo del hotel, se entromete más de la cuenta en la ficción e hipnotiza a Nuno, el hijo de Oksman. Es entonces cuando tiene lugar el quiebro, la brecha, y la película pasa ‘al otro lado’, de manera que buena parte de lo dicho hasta entonces adquiere la consistencia, digamos, necesaria como para formar un relato: los pasadizos del acueducto que frecuentó Diogo Alves son como los pasillos del hotel en el que pernoctan Sergio y Nuno, y todo ello conduce a esa habitación misteriosa, la 103, que podría ser como la de El resplandor, en el fondo el espejo en el que se mira esta ‘película de miedo’… ¿No será ese otro concepto del ‘espejo’ el que está detrás de todo, a juzgar también por la gran cantidad de esos objetos que pueblan el film? En el fondo, la última película de Oksman pertenece a esa gran tradición latinoamericana del relato desbordado que ahora, en las postrimerías de la ‘no ficción’, acaba convirtiéndose en una miríada de relatos frustrados.











