Jara Yáñez

El tercer largometraje del cineasta ruso Kantemir Balagov –después de Demasiado cerca (Tesnotá, 2017) y Una gran mujer (Dylda, 2019), ambos seleccionados en Un Certain Regard y ambos premio FIPRESCI de la crítica internacional– deja de lado el protagonismo femenino de sus filmes previos para ofrecer un relato, con rasgos de cuento, sobre la relación entre un padre y su hijo. Centrado en la comunidad circasiana de New Jersey –el film debía haber sido filmado en Nálchik (Rusia), de donde es originario el cineasta, pero la guerra en Ucrania obligó a cambiar los planes de producción y con ello, parte de la historia– Butterfly Jam es también una película sobre la identidad, la pertenencia y una cierta reivindicación de la cultura propia a través de lo ritual, pero también, y sobre todo, de la comida (el padre es chef y prepara los mejores delens de la ciudad, como se dice en varias ocasiones y quizá de manera excesivamente recurrente a lo largo del metraje).

Pyteh, el hijo, de dieciséis años, entrena lucha y la confrontación, el choque y el encuentro, a veces indistinguible, entre la violencia (representada a través del uso de los primeros planos, cámara al hombro, que se centran en la fisicidad de los cuerpos) y la fragilidad (mucho más sostenida a nivel de puesta en escena, pero también muy cerca de la piel) es uno de los elementos clave de la propuesta. Butterfly Jam es un film sobre la masculinidad en un contexto fuertemente demarcado por la herencia patriarcal que, a partir de la idea del trauma, busca poner en escena la vulnerabilidad masculina, la dulzura, la capacidad para el afecto y el cuidado o incluso la posibilidad de los hombres de reconocer la propia torpeza. Pero entran en juego también elementos como la mermelada de mariposas del título, una máquina de algodón de azúcar, una ristra de coches con las alarmas que se encienden al unísono o un pelícano, que si bien alejan el relato del naturalismo para acercarlo al cuento o la parábola, no terminan de encontrar acomodo, de justificar su sentido y llevan el film a un cierto exceso de estilización. El film tiene también algunas redundancias, cierta previsibilidad o incluso alguna dificultad para encontrar el tono de determinadas situaciones (entre el humor y el patetismo, pero alejándose emocionalmente de los personajes en situaciones en las que quizá no debiera) que, en suma, lo acercan a algunos de los mayores defectos del cine de Sean Baker. A pesar de todo, sin embargo, hay en el film una mirada personal que transmite, de fondo, la misma vulnerabilidad que trata de retratar en sus personajes.


Àngel Quintana

Desde el barrio de Nueva Jersey por el que circulan los protagonistas se vislumbra, a lo lejos, la silueta de Manhattan, como si se tratara de un destino inalcanzable. Ellos son los miembros de una familia circasiana procedente de Nálchik que emigró a Estados Unidos sin perseguir realmente el sueño americano ni ninguna promesa concreta de integración. Viven instalados en una especie de exilio suspendido, atrapados entre una identidad de origen que se descompone y un presente estadounidense que nunca termina de pertenecerles. Desde sus primeros minutos, Butterfly Jam transmite la sensación de situarse en una deriva contemporánea de Malas calles (1973). Vemos a hombres que discuten, beben y se hieren en espacios cerrados, cuerpos dominados por una violencia latente y una comunidad marcada por códigos masculinos incapaces de evolucionar. Pero donde el cine de Martin Scorsese encontraba todavía energía febril y pulsión vital, Kantemir Balagov filma un mundo agotado, detenido en una espiral de frustración y resentimiento. El centro emocional de la película es el padre (Barry Keoghan), aquí transformado en una figura opaca y profundamente contradictoria. Regenta un pequeño restaurante familiar y arrastra una idea de masculinidad que ya no sabe cómo sostener. Balagov evita convertirlo en un simple tirano doméstico. El personaje oscila constantemente entre la vulnerabilidad y la brutalidad, incapaz de encontrar un lugar dentro de una comunidad que solo reconoce la fuerza como forma de autoridad. Frente a él aparece el hijo adolescente (D’Pharaoh Woon-A-Tai), que practica lucha libre y parece reproducir, casi inconscientemente, las mismas heridas emocionales de su padre. El cuerpo del joven parece inscribir todas las expectativas masculinas, entre ellas la violencia heredada y la imposibilidad de escapar del entorno familiar. La madre, interpretada por Riley Keough, atraviesa la película embarazada y sumida en un estado de agotamiento silencioso. Balagov la filma como una presencia constantemente desplazada dentro de un universo dominado por hombres incapaces de escucharla.

Todos estos personajes, que progresivamente se constituyen como una familia atrapada en sus propias miserias, podrían desembocar fácilmente en una película de James Gray. Sin embargo, Balagov introduce una fisicidad mucho más áspera y una violencia menos romántica. Todo escala de manera absurda hasta desembocar en un acto brutal que precipita el drama de forma irreversible. Actualmente exiliado en Estados Unidos, Balagov construye con Butterfly Jam una fábula sombría sobre la masculinidad herida y sobre el precio que implica desafiar determinados modelos tóxicos de comportamiento. Pero la película también habla de otra cosa: de la imposibilidad de encontrar un hogar verdadero cuando la identidad se construye únicamente alrededor de la humillación, el orgullo y la violencia heredada.