Àngel Quintana

En 2005, los hermanos Dardenne ganaron su segunda Palma de Oro con El niño, donde contaban la historia de una joven pareja que sobrevivía de forma precaria y que daban a luz un niño al que tenían problemas para cuidar. En ella los Dardenne hablaban de la precariedad de cierta generación que de forma precipitada debía lanzarse a asumir los sinsabores de la vida. Jeunes mères podría considerarse como la continuación de aquella película, veinticinco años después. El cineasta no explora la historia de una pareja, sino cuatro historias de jóvenes madres que han dado a luz en su adolescencia y carecen de toda forma de subsidio para mantenerse. La película, que en más de algún aspecto dialoga con La Maternal de Pilar Palomero, cuenta cuatro casos particulares. Una chica quiere arreglar la vida con su novio, pero este no le hace ni caso y no asume ningún compromiso con la criatura. Una pareja quiere tirar adelante y alquilar un piso, pero la chica está marcada por el maltrato ejercido por su madre. Otra joven debe asumir sola el parto y la crianza de su hijo después de que su madre la hubiera abandonado al nacer. Finalmente, otra decide que la única solución posible es dar a su hija en adopción. Este mosaico de cuatro historias está rodado con el rigor habitual de los cineastas,  alternando los relatos paralelos con los protocolos llevados a cabo por los servicios sociales. Como suele ser habitual en el cine de los Dardenne, al final del recorrido se revela algo de humanidad que permanecía en letargo.


Carlos F. Heredero

Cinco mujeres jóvenes comparten el espacio de acogida –un centro para maternidades precarias o sin recursos– en torno al que gira la nueva película de los hermanos Dardenne: Jessica, Perla, Julie, Ariane y Naïma. Ninguna de ellas está o se siente en condiciones de asumir la carga, en mayor o menor medida sobrevenida, que supone para ellas la llegada de sus bebés. Una es hija de una madre ausente, y otra de una madre tóxica, enganchada a la droga. Una tiene un novio que no está dispuesto a asumir la responsabilidad y otra, en cambio, tienen un compañero dispuesto a emprender con ella una nueva vida. Una desea poner en pie una familia y otras se sienten tentadas por dar sus hijos en adopción. Las cinco componen un mosaico que los cineastas belgas retratan con ejemplar fidelidad a sus métodos de trabajo y a su visión del mundo.

La cámara las sigue siempre de cerca, muy atenta a los más pequeños matices que se desprenden de una interpretación natural, nunca enfática, nunca connotada, nunca explicativa. Todas se enfrentan a situaciones para las que no estaban preparadas. La vida, el trabajo y la sociedad no se lo ponen fácil, pero en el centro les enseñan los cuidados básicos para los bebés y las ayudan o las acompañan en la toma de las decisiones más difíciles. No hay derrotismo, ni se señala a nadie con el dedo. No se buscan culpables, sino que se rastrea la humanidad, la ternura y los instintos más nobles. El cine de los Dardenne, aquí menos narrativo que nunca, difumina su argumento y busca en los cinco retratos individuales la radiografía de una realidad social que está ahí fuera, a poco que queramos ver o mirar, y a la que, con una perspectiva diferente y con otros modales estilísticos, se acercaba también no hace mucho la española Pilar Palomero en La Maternal. El conjunto compone una película dura, pero luminosa, entre cuyos pliegues –incluso en medio de la desolación más amarga– acaba por emerger el aliento humanista de sus creadores y su confianza en la bondad de los seres humanos a despecho de sus más terribles circunstancias.