Àngel Quintana

En 1974, Robert Bresson decidió entrar en el ciclo de las leyendas artúricas para rodar, con los caballeros recubiertos de lanzas y  armaduras, Lancelot du Lac. El cineasta convirtió el plano en un escondite en el que, con pocos elementos visuales y un gran trabajo de sonido, consiguió transformar la épica en detalle, en la base de una gran película. Magalhães de Lav Diaz parece seguir una parte de la estrategia llevada a cabo por Bresson, aunque por su contenido nos puede recordar ciertos trabajos de Manoel de Oliveira o de Paulo Rocha. Diaz construye un gran relato épico que arranca en el momento en que Fernando de Magallanes y su tripulación llegan, a pesar de sus penurias, al estrecho de Malaca y consigue abrir un camino para la navegación hacia el sudeste asiático. La película sigue en el momento en que, desde Lisboa, el navegante plantea una nueva ruta para evitar la competencia de los barcos castellanos y turcos. La ruta requiere pactos, negociación con la monarquía española y la vivencia de una gran aventura épica que deja a la tripulación de la nave completamente exhausta. Diaz acaba su relato en el momento en que llegan a la costa del Pacífico, se encuentran con los indígenas, intentan establecer vías de comunicación y estallan las guerras por la conversión religiosa y la aceptación de los rituales y creencias.

El relato que describe Lav Diaz posee una dimensión claramente épica pero partiendo de la idea de que los grandes hechos históricos se desarrollan desde la estricta cotidianidad. Diaz busca, sobre todo, la fuerza de lo figurativo y se aparta de una cierta perspectiva narrativa elaborada en su cine; no tiene nada que ver con Melancholia (2008), Norte (2013) o The Woman Who Left (2016). No obstante, el inconfundible estilo del cineasta filipino está muy presente. La película está rodada en largos planos de conjunto con la cámara fija, con la ausencia de contraplanos y con escasos primeros planos. Lo que hace que Magalhães sea diferente y que se convierta en un verdadero lienzo pictórico es la belleza de sus imágenes, la fuerza de sus composiciones, el detallado trabajo con la luz, la recreación de un mundo con pocos elementos. El cineasta consigue una dimensión épica a partir de una construcción narrativa que rehúye la espectacularidad, pero que tiene momentos de gran fuerza sobre todo en su parte central, en la descripción de la travesía marítima de Magallanes hasta las aguas del Pacífico. La fuerza especial del film reside en el pacto entre Lav Diaz y el director de fotografía Artur Tort, cuya empresa Andergraun Films de Montse Triola y Albert Serra es coproductora de la película. Hay en cada una de las bellísimas composiciones  que muestra la película una huella fílmica que acaba emparentando Magalhães con la dinámica emprendida por Albert Serra. Existe sobre todo la idea de cómo llegar a convertir la pantalla en un lienzo de formas en movimiento, de acciones reducidas a su esencialidad, de planos que buscan la precisión. Los personajes no son seres con psicología, sino figuras que atraviesan el espectro. Lav Diaz trabaja con Gael García Bernal en el rol de Magallanes pero lo reduce en una fuerte presencia. Magalhães acaba encontrando una nueva vía en el cine del gran cineasta filipino que continúa siendo coherente con una obra compuesta de películas río que no rehúyen el debate político, ni la reflexión sobre las consecuencias de una lucha imposible. Magallanes adquiere en esta obra una aura especial, como si fuera una encarnación del Aguirre de Werner Herzog a la búsqueda de un espacio tras el que se esconde el mito del fin del mundo.