Esta es una película que se quiere ligera y tenue, opuesta a cualquier tipo de relato férreo o fuerte. Ya desde el principio, la fotografía se mueve en un sfumato que renuncia al naturalismo convencional para entrar en otro territorio, más difuso, mezcla de mito, idealización y memoria. Y la propia narrativa avanza recolectando instantes, renunciando a las escenas con principio y fin para recurrir al apunte, a la pincelada que deja incluso motivos argumentales en el aire para que la audiencia vaya completando el fresco. La historia que acaba contando es más bien convencional, bebe abiertamente en determinada tradición del cine italiano –de Bernardo Bertolucci a Ermanno Olmi, pasando por los hermanos Taviani– pero luego se difumina en una construcción fragmentaria que jamás busca la épica ni fuerza la perspectiva política, aunque tampoco el realismo mágico a lo Alice Rohrwacher, y eso que podría hacer cualquier cosa de las mencionadas: estamos en el final de la Segunda Guerra Mundial y la inmediata posguerra, en un pequeñísimo pueblo de los Alpes italianos llamado Vermiglio, en el seno de la familia del maestro de escuela del lugar, padre de una caterva de hijos e hijas de entre los cuales destaca Lucia, que se enamora de un soldado refugiado en su casa…

No obstante, llegados a este punto, la directora Maura Delpero, aunque preferiría la crónica al melodrama, pues se supone que está contando la historia de su familia y de sus orígenes, provoca que la trama bascule incluso hacia el folletín, con embarazos, bodas, personajes en fuga, asesinatos… En efecto, aquella fragilidad tozudamente buscada se desvanece para dejar paso a una estructura fuertemente delimitada que va tomando cuerpo –demasiado cuerpo– poco a poco, hasta llegar a un final apoteósico, por lo menos en cuanto a los hechos narrados. Y entonces ni la fotografía difusa ni la supuesta atención al detalle tienen ya demasiado sentido, pues todo se transforma en una saga en toda regla, que incluso podría haberse contado en episodios, a la manera de una miniserie. ¿Qué queda? Algo que me parece importante. Este tipo de ‘grandes relatos’ se han narrado tradicionalmente desde una perspectiva masculina, lo cual no solo quiere decir que hayan privilegiado a los personajes hombres, sino también que se han dedicado a desplegar emociones claramente relacionadas con el imaginario-macho: los hechos de la Gran Historia siempre están detrás de todo. En Vermiglio, en cambio, la guerra queda lejos, la posguerra ni siquiera se intuye, y lo que importa es una mujer embarazada, unas niñas que miran al incierto futuro, una lesbiana que no se puede manifestar como tal, una madre cansada de parir… Al centrar la atención en estas peripecias femeninas, Delpero describe un cambio de época de un modo distinto, una transición a medio gas cuyo emblema más fidedigno sería la figura del patriarca en la penumbra, escuchando sus discos de música clásica mientras el mundo cambia irremediablemente, como ahora está ocurriendo, una inesperada conexión con nuestro tiempo. Es una lástima que el éxito de Delpero en esta atrevida estrategia de desplazamiento deba enfrentarse a su fracaso en el intento de conseguir una narración más flexible, como decíamos. Pero es este precario equilibrio el que hace de Vermiglio un film en la cuerda floja y, por lo tanto, una propuesta frustrada en sus ambiciones pero, a la vez, decididamente singular.

Carlos Losilla