Carlos Losilla
¿Qué hace un cineasta japonés filmando a un afroamericano que participó en la guerra de Vietnam y luego se convirtió en un pacifista convencido, hasta el punto de impartir charlas por todo el mundo sobre el tema? ¿Por qué al director de Tetsuo, Shin’ja Tsukamoto, deberían interesarle las memorias de Allen Nelson, el autor del libro autobiográfico en el que se basa esta película? Más allá de las obsesiones autorales, lo que no se puede negar es que Mr. Nelson, Did You Kill People? conecta a la perfección con buena parte de la sección oficial vallisoletana: estamos ante la historia de una obsesión que se manifiesta incluso en la ausencia de los hechos que la provocaron, pues Nelson acaba viviendo el resto de su vida, tras la experiencia bélica, bajo su influencia; estamos también ante un film que oculta otros filmes, ante un relato que adquiere intermitentemente formas distintas, una película de guerra dentro de una experiencia psicoanalítica, un retrato familiar en el interior de un discurso sobre el horror bélico… Y estamos, sobre todo, ante una sucesión de capas narrativas que no solo se superponen sino que luchan entre sí para dejar sus tripas al descubierto… literalmente, pues algunos de los planos más gráficos de la película muestran cadáveres despedazados o en descomposición en enérgica analogía con basura orgánica abandonada en la gran ciudad. Pasado y presente caracterizan así un sistema capaz de formar parte indisoluble del descontrol bélico incluso en tiempo de paz.
Este mismo caos de la representación es el que provoca que el film de Tsukamoto ostente una apariencia algo deslavazada, exagerada, incluso grotesca, a veces en demasía, si es que eso es posible. Es cierto que estamos ante un film sobre el exceso, como todos los de su autor, pero aquí tal figura retórica llega a anular, en ocasiones, la efectividad y sinceridad del discurso. Lo mejor, sin duda, llega cuando ese desborde adquiere una figuración más o menos híbrida y Mr. Nelson, Did You Kill People? se transforma en la historia casi cibernética de un monstruo hydeano que aparece y reaparece según las circunstancias. En ese sentido, la interpretación de Rodney Hicks –desajustada, lanzada en múltiples direcciones sin que llegue a cuajar en ninguna– resulta fundamental. Y sus enfrentamientos dialécticos tanto con su familia como con el psiquiatra al que da vida un Geoffrey Rush igualmente desbocado acaban siendo la metáfora perfecta de esta película histérica, que solo alcanza la paz y la armonía a la par que su protagonista.








