Hay una contradicción flagrante en el corazón de esta película, el último largo de Siew Hua Yeo tras la también fatigosa A Land Imagined (2018). Por un lado, es un film que cambia de aspecto cada cierto tiempo, una materia variable que se metamorfosea a sí misma periódicamente. Por otro, esa maleabilidad no genera demasiada densidad, sus movimientos son más superficiales que otra cosa, o así me lo parecido en un primer visionado. Stranger Eyes empieza como un thriller de suspense sobre la desaparición de una niña pequeña, continúa escarbando en la personalidad de un sospechoso, sigue acercándose a las vidas de varios de los personajes, entre ellos los padres, y tras la aparente resolución del caso continúa exponiendo lo que podría ser tanto un epílogo explicativo como el inicio de un nuevo relato que a la vez cierra el círculo. No es tan intrincado como parece por mis torpes descripciones, sin embargo, pues las imágenes de Siew son siempre transparentes y límpidas, de una claridad sorprendente, aunque su engarce proponga más de un misterio. Pero, en cualquier caso, no se trata de un simple relato policíaco, ni de un melodrama familiar, ni de una exploración sobre la sociedad de la hipervigilancia, ni sobre la soledad en las grandes ciudades, ni acerca de las patologías que genera… Stranger Eyes se propone ser todo eso a la vez, lo cual es distinto. Otra cosa es que lo consiga.

Mi impresión, en este sentido, es que la película da tantas vueltas y rodeos para evitar reconocer que, aunque habla mucho, no tiene mucho que decir. O que lo que quiere decir no es tan jugoso como desearíamos. Hay muy poco más allá de sus imágenes, que actúan como meros transmisores de una historia tortuosa, dividida en muchas otras. Da la impresión de que Siew sabe crear una estructura realmente sinuosa pero luego es incapaz de insinuar nada que la trascienda. El policía encargado del caso podría haber sido un personaje fascinante, también por la espléndida interpretación de Pete Teo, pero se queda en el mero arquetipo. El sospechoso, el mirón, el fetichista al que da vida Lee Khang-sheng, el actor preferido de Tsai Ming-liang durante mucho tiempo, seduce por la composición del intérprete pero Siew poco aprovecha de él: ni su gestualidad, ni su cuerpo como una masa que se desplaza en un universo inhóspito, tienen nada que decir en este film más allá de su función argumental. La relación entre la pareja protagonista se revela llena de matices, pero nunca más allá de su literalidad. Es como si Siew estuviera obsesionado con el significado, olvidando por el camino la ambigüedad del significante, es decir, en este caso todo aquello que el film no muestra. Y lo que no se muestra a menudo es lo más importante, como hubiera podido serlo en este film precisamente sobre realidades y apariencias, sobre miradas que se posan sobre algo que no entienden. La audiencia, finalmente, queda perdida en el laberinto argumental, pero ese extravío no le plantea nada más allá de su propio artificio. Stranger Eyes es un film sobre los huecos de la visibilidad que termina asumiendo esa misma oquedad.

Carlos Losilla