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¿Es normal encontrar un rebaño de ovejas a menos de dos kilómetros del centro de Madrid? Sin duda a Salka Tiziana no se lo debió parecer cuando decidió, en 2022, rodar el documental Todos los sonidos entran adentro.

Tampoco es habitual que tan próximo a una metrópoli se pueda hallar un espacio natural como es la Casa de Campo de Madrid, lo que también debió seducirle. Tal vez sea necesario introducir que la singularidad de este lugar se debe a su propia historia: la conservación de esta finca desde tiempos de Felipe II, de más de mil quinientas hectáreas de extensión, como propiedad de la Casa Real para su propio recreo y la posterior decisión del Gobierno de la Segunda República de cederla al pueblo de Madrid para su uso y disfrute, han salvado a este recinto de la especulación inmobiliaria.

Por ello, se puede considerar que Tiziana ha localizado su documental en un espacio de ficción en el que todo es real. Son reales las ovejas trashumantes que han bajado desde la sierra para pastar en su ámbito con el fin de evitar los incendios veraniegos. Son reales los pastores filmados durante el desarrollo de su jornada laboral, desde el alba al crepúsculo. Son reales los sonidos de la naturaleza, de los que habla el título, que se introducen en el alma de los pastores para integrarse con ellos. Es real la luz que ilumina la primavera madrileña durante las distintas horas del día y que se refleja en los colores verdes y ocres del campo. Son reales las secuelas que ha dejado en los árboles del bosque el reciente paso de la tormenta Filomena…. La frontera entre documental y ficción es siempre interpretable.

Para construir esta realidad la directora utiliza un lenguaje cinematográfico muy sencillo. La banda sonora, que para ella es una prioridad ya que da el título a su obra, recoge –sin interferencia musical extradiegética de ningún tipo– tan solo los sonidos ambientales, desde el trino de los pájaros y los balidos de las ovejas, al murmullo de la radio que escucha el pastor. Utiliza exclusivamente la cámara fija para no contaminar con su movimiento la percepción de lo filmado, tanto cuando lo hace para filmar planos generales y de situación como cuando se aproxima con primeros planos a las ovejas amontonadas, a los perros o a distintas partes del cuerpo humano. Todo ello contribuye a que el espectador sienta el lento pasar del tiempo en el que transcurren las escenas en tiempo real de la película.

La realizadora, para dar coherencia a la poesía bucólica que se desprende de las imágenes de su película, prescinde de aquellos espacios de la Casa de Campo que son incompatibles con esta aproximación al mundo rural: aparcamientos, restaurantes, atracciones, zoológico… Tan solo se permite una única escena en el espacio dedicado a los leones, filmado desde el exterior de la valla que rodea al recinto, probablemente para denunciar su cautividad.

Salka Tiziana, con la inmersión que propone en el mundo visual y sonoro de la naturaleza, quiere hacernos creer que estamos en la realidad, cuando lo cierto es que el espacio elegido no es sino una burbuja de ficción en un entorno urbano. Si lo consigue es mérito suyo…..¿o de la Casa de Campo? Andrés González Canelo


Silencio. La penumbra domina la escena junto con el sosiego del amanecer. La caricia del sol avanza sobre la hierba, los árboles, los perros. Unas ovejas se reflejan sobre la superficie plástica, listas para salir a pasturar: la naturaleza al servicio del hombre; el hombre que se nutre de la naturaleza. Este es el comienzo de Todos los sonidos entran adentro (Salka Tiziana, 2022), un documental de ritmo pausado y contemplativo que, con la ciudad de Madrid al fondo, nos lleva con el rebaño de la Casa de Campo y sus pastores hacia otro mundo… Pero, ¿cuál es ese mundo?

Hay muchas cosas remarcables, pero lo más interesante de esta pieza es el lirismo que impregna el mensaje de todas las imágenes. Por ello, no solo es reseñable el diseño sonoro y la composición milimétricamente pensada de los planos bucólicos y su finalidad estética, sino que, a través de lo estético, se logra construir una certera dualidad entre naturaleza y urbanismo. Así pues, la sucesión de imágenes de los animales, de las manos y pies de los pastores trabajando o de los planos vacíos de la naturaleza al más puro estilo Yasujiro Ozu, junto con el balido de las ovejas y los cencerros, pone sobre la mesa la burbuja en la que viven inmersos esos pastores y ese rebaño. Pero esa sensación no son más que “espejismos de ovejas entre pinos”, tal como indica un fragmento del texto que se va intercalando con la poética de las imágenes.

Por esto mismo, la ciudad, como si se tratara de disimuladas filtraciones, va calando dentro de ese mundo bucólico. El espacio, por más natural que sea, no es ajeno a la civilización: los animales son criados para pesarlos y meterlos en camiones; también hay bancos para sentarse, mesas para comer, carteles que avisan de la presencia de restos de la Guerra Civil o cintas de plástico atadas a los árboles que, olvidadas, son movidas por el viento. Además, esto mismo también se manifiesta a nivel de sonido, contraponiendo el sonido sempiterno de los cencerros con imágenes de la ciudad o del parque de atracciones al fondo. Incluso, también ocurre a la inversa: las imágenes bucólicas son abordadas con sonidos de coches o de gritos que excitación que provienen del parque. Y este trabajo de diseño sonoro encuentra su culmen al final del documental. Como una alegoría de la imposibilidad de separación entre la Casa de Campo y la ciudad de Madrid, a pesar de ser un oxímoron en sí mismo, ocurre un momento de fusión: las imágenes urbanas y naturales se intercalan junto con los sonidos de la civilización y de la naturaleza que se solapan e inundan la pantalla, hasta que está situación de éxtasis tiene su caída en el recogimiento de las ovejas al final de la jornada.

Como al principio de la pieza, todo vuelve a quedar en silencio, pero, en lugar del sol, ahora es la caricia de la noche la que avanza sobre todas las cosas. Y en este punto, las imágenes nos sacan de la fantasía, porque “hasta te desubicas de lo metido que estás en algo que ya no está”. Los planos introducen la ciudad como un chorro: gente haciendo deporte, coches yendo y viniendo por la carretera, personas paseando y entrando al metro al final del día… Porque, a pesar de los cúmulos de troncos y madera y de los animales, la ciudad, a la siguiente salida del sol, se alza al fondo, inamovible, enmarcada por las ramas y las hojas de los árboles.

Y, finalmente, con esto se nos plantea la duda: ¿Realmente es la ciudad que engulle la naturaleza o es la naturaleza la que, con su poder, logra poco a poco recuperar su terreno y se mantiene firme en sus fronteras? ¿Pueden convivir juntas naturaleza y ciudad o, inevitablemente, una acabará con la otra? La respuesta, seguramente, se encuentre en aquello que no se ve, sino que se siente, pues, dentro de esa burbuja, todos los sonidos entran adentro. Sofía Castro Perea