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The Wild Duck, inspirada en la obra homónima de Henrik Ibsen, es la ópera prima de la directora Nadja Ericsson. Desde una desvencijada casa perdida en los bosques suecos, Ericsson busca crear un mundo velado de tintes mágicos y misteriosos. Este universo, visto a través de desenfoques y encuadres perdidos, sigue los últimos días juntos de cuatro hermanos desde los engañosos ojos de la más pequeña, Hedvig.

El particular punto de vista de la directora dictamina desde el primer plano no solo el estilo de la obra sino la propia naturaleza enrarecida de esta. Dominado por la cámara en mano y el teleobjetivo constante, el continuo vaivén de la imagen plana, oscura y desdibujada, pretende mostrar el mundo tal y como Hedvig lo ve. A través de un extraño foco siempre difuso y dilatado como la llama de una vela, Ericsson empatiza con esta mirada y rompe con las expectativas que la naturaleza de una adaptación teatral podría en un principio sugerir. La técnica sucia de la cámara desliga aquello que se espera ver de cómo la autora desea que sea visto. Una mirada que, al igual que la de Hedvig, no ve claramente y confunde la realidad con la fantasía.

La obra juega en un mundo de claroscuros que va a la contra, dicotomías que desmienten las expectativas estéticas y narrativas inherentes a esta. Tradicionalmente, la representación del teatro en el cine se asocia a ciertos elementos gramaticales ausentes en The Wild Duck (planos generales, estatismo, montaje invisible…), sin embargo el quid de este arte acaba recayendo en el trabajo actoral, aspecto pivotal del film. Ericsson marida la dramaturgia de los actores con la herramienta del primer plano y centra la mirada casi exclusivamente sobre los rostros de los personajes. Si ellos están en escena, sus rostros serán el imán de la secuencia y sus alrededores escuetos y desnudos quedarán relegados a los confines del encuadre. Este proceso tan llamativo que no permite situarse al espectador provoca un distanciamiento brechtiano. La directora no permite la inmersión completa en el universo que presenta: al contrario, recuerda constantemente la existencia del dispositivo que mira desde la distancia. La mirada que ofrece es efervescente y cambiante pero siempre concreta sobre aquello que desea que sea visto. Al igual que los ojos enfermos de Hedvig, la cámara se pierde en una realidad que no reconoce como propia y en la que es incapaz de sumergirse. Al igual que el pato salvaje, el cual nunca se muestra, Hedvig es un ave herida encerrada en el ático.

The Wild Duck, repleta de lirismo y sensorialidad, es un viaje simbólico a través del tiempo y el estatismo de este ante la pérdida. Su particular mirada, acompañada de una narrativa sutil y minimalista hacen de la pieza una obra atrevida y rompedora que construye algo novedoso sobre las expectativas clásicas de una adaptación teatral en el cine. Una apuesta a primera vista esteticista que justifica cada decisión con un simbolismo tan eterno y universal como puede ser la hermandad, la desconexión o la pérdida de un ser querido. Carmen Román


Un drama familiar escandinavo situado en 1884 y basado libremente en la obra homónima de Henrik Ibsen, The Wild Duck es la ópera prima de Nadja Ericsson, donde un grupo de hermanos enfrentan conflictos y secretos que surgen cuando la hermana autoexiliada, Karin, regresa decidida para vender la casa que ha heredado de sus padres. La también artista visual sueca, quien trabaja con la memoria, la imaginería y el lenguaje a través de la fotografía y el vídeo, despliega en su debut cinematográfico extenuantes primeros planos, imágenes nerviosas y tambaleantes y de colores desaturados, que se entretejen para formar parte del pasado, los recuerdos, lo reservado de la familia, la atmósfera íntima e inquietante y la relación decadente a punto de evidenciarse.

Hedvig, la menor de las hermanas y quien no asiste a la escuela, pasa sus días principalmente cuidando a un pato salvaje herido por un vecino. Si bien la presencia física del pato es nula, este es usado como metáfora y alegoría a medida que el metraje se intensifica, pues a partir de no mostrar a la figura que tanto mencionan, se plasma la lucha y la disputa entre hermanos. Sobre todo, con Karin, quien se va a enterar de que Hedvig no va a la escuela porque paulatinamente está perdiendo la visión. De ese modo, la interacción de los miembros se tornará cada vez más feroz sobre el pasado de sus padres, el inmueble que les dejó y el futuro de su hermana menor, en que la manipulación de los personajes parece no esclarecer a quién de ellos se aplica la gran metáfora del pato salvaje, o quizás a todos.

El planteamiento de puesta en escena resulta ser minimalista en cierto sentido, donde destacan algunos elementos como la ropa, los muebles y la forma de hablar. Nadja Ericsson sitúa el drama en una época pasada y establece tiempos diferentes añadiendo muebles modernos y lámparas eléctricas, dotando a la película de alta ambigüedad y evocando preocupaciones, miedos y deseos de los hermanos. Además, con particulares detalles como el nombre de la protagonista, Hedvig, el estudio fotográfico en el que trabajan los hermanos, el pato salvaje, por supuesto, y los momentos dramáticos develados por ‘la mentira de la vida’, magnifican este retrato familiar que se enuncia como desconcertante y punzante por las decisiones que van a resolver el pasado, apaciguar el presente y plantear el futuro.

De esa manera, la novel directora sueca muestra una audacia y amor por las imágenes orgánicas presentando una cinta arriesgada, atípica y creativa. La utilización mayoritariamente de planos cerrados, la incidencia del fuego sobre los rostros y las texturas de los perfiles y detalles reflejan una cercanía abrumadora hacia los personajes que no dejan de revelar sus inquietudes. Vildanden, título original del film y cuya grabación contó con un equipo y presupuesto reducido, plantea, desde las ideas visuales y sensoriales, su construcción formal que manifiesta una búsqueda incesante por acercarse a la piel, la mirada y el pensamiento de los demás. Renzo Bill