NOTICIAS Y ARTÍCULOS

Manoel de Oliveira. A través del espejo

27 abril, 2015

A través del espejo.
Adrian Martin.

Vou para casa 2

¿Quién de entre nosotros puede empezar a imaginar lo que pasa por la cabeza de una persona que ha cumplido cien años? ¿Qué recuerdos, qué arrepentimientos, secretos y visiones? Manoel de Oliveira (quien, de forma sobrehumana, no muestra signos de ralentizar su productividad como cineasta) sobrepasa los límites de este mundo y se introduce en el de más allá. Esto es, si existe ese otro mundo; una cuestión que, lógicamente, subyace en tantas de sus películas.

Cuando Alain Resnais tenía 67 años y dirigió I Want to Go Home (1989), Jean Douchet le reprendió, en Cahiers du cinéma, por ser ‘demasiado joven’ para contar una historia sobre la vejez. Según esta lógica, probablemente todo crítico de cine del mundo, hoy en activo, es todavía demasiado joven para entender las películas de Oliveira. Y este debería ser exactamente el punto de partida: nadie entiende las películas de este señor. Tendremos que vivir tanto, de forma tan rica, tan productiva como él para poder tener una mínima visión de la Tierra Prometida de Iluminación Oliveiriana.

Hay una realidad que merece nuestra atención: Oliveira nunca ha hecho una película “normal”, convencional. Nunca. Ha trabajado con las más grandes estrellas internacionales (Deneuve, Malkovich, Mastroianni), en muchos países, con muchos productores, pero –a diferencia de Buñuel, Skolimowski u muchos otros directores transgresores– nunca ha hecho una película normal. ¿Se debe esto a un rechazo heroico al compromiso, o a que simplemente nunca aprendió ‘las reglas’?

El cine de Oliveira es excéntrico, críptico, extraño. Esta es la razón exacta por la que debemos celebrarlo. Oliveira es una ley en sí mismo; ha inventado su propio universo de ficción, así como su propio cine para ilustrarlo. Existen cosas en sus películas tan singulares, tan extrañas, que parecen chamuscar nuestras pupilas y arrasar nuestros cerebros; los momentos finales de Espelho Mágico (2005) o El valle Abraham (1993), entre el éxtasis y la melancolía; el momento desgarrador en el que Bulle Ogier se levanta de forma abrupta de la mesa en Belle toujours (2006), con una violencia similar a la de Marlene Dietrich arrancándose el collar en Marruecos (1930), de Josef von Sternberg.

No todo lo que es genial en sus películas tiene lugar en el registro de lo Sublime, lo Gótico o lo Trágico. A veces ilumina las cosas más pequeñas, más simples; la forma en que respiran los niños, perfectamente sincronizada, en Aniki-Bóbó (1941); o el placer que experimenta Michel Piccoli, tras la catástrofe, con los detalles mundanos de la vida en Vuelvo a casa (2001) [en la foto]. Y no me canso nunca de ver la discreta celebración de “palabra y utopía” que transcurre, a lo largo de varios minutos, en Una película hablada (2003): cuatro personas en un crucero transatlántico turnándose para hablar en cuatro idiomas diferentes, entendiéndose a la perfección. ¡Qué fantasía tan civilizada!

De hecho, Oliveira es descrito con frecuencia como culto, literato, erudito; es decir, la fuente misma del ideal de la Civilización. Y sin embargo, ¡qué fantasías tan poco civilizadas aparecen en sus películas! La risa de Satán ruge a través de sus espacios cavernosos y vacíos, de forma literal, en la perturbadora El convento (1995). Y todas aquellas interminables historias de deseo, tentación, obsesión, fetichismo, castigo… ¿quién sabe lo que significan para él? En este sentido, Oliveira se asimila a François Truffaut, de quien Arnaud Desplechin dijo hace poco: “Vemos sus películas como si fueran gentiles, pero lo que me encanta de él es su tendencia al extremo. Hay un lado travieso…”.

Se dice a veces que Oliveira ha rodado, hace tiempo, una película que sólo podrá proyectarse después de su muerte. Es la entrada sombría a su filmografía, su agujero negro, el secreto que envuelve todo lo demás, la parte visible. ¡Qué absolutamente oliveiriano!

5 de noviembre de 2008: Barack Obama es elegido presidente de los Estados Unidos. 11 de diciembre de 2008: Manoel de Oliveira cumple 100 años, y sigue trabajando. Dos acontecimientos fantásticos, imposibles, impensables: prueba irrefutable de que nuestro mundo ha traspasado el espejo mágico a lo Lewis Carroll.

Traducción: Alejandra Menéndez

Utilizamos cookies propias y de terceros para análisis y buen funcionamiento de la página web. Si continúa navegando, consideramos que acepta su uso. Puede obtener más información, o bien conocer cómo cambiar la configuración, pulsando en Más información

ACEPTAR
Aviso de cookies
Caiman Digital