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Carlos Losilla.

No fue casualidad la aparición de una película como En la casa (2012). Allí se celebró un tanto alegremente a un cineasta preocupado por el oficio de contar historias, como si nunca lo hubiera hecho antes. Eso significaba olvidar Gotas de agua sobre piedras calientes (2000), donde se partía del cine de Fassbinder para reelaborar su legado, o Bajo la arena (2000), donde el modelo era la poética de Antonioni, u Ocho mujeres (2002), donde la mirada se dirigía hacia Jacques Demy. En fin, Ozon es alguien que procede de la herencia de la modernidad y está convencido de que aquel lenguaje tiene mucho que decir aún, solo que habilitado para la ocasión. En este sentido, Joven y bonita parte del mito de la figura femenina y su ambigüedad, del misterio que supone, para jugar con el significado que puede adquirir en el contexto narrativo actual. Como en Vivir su vida (Godard, 1962), como en Jules y Jim (Truffaut, 1963), como en La mujer infiel (Chabrol, 1969), la mujer es aquí un elemento perturbador que pone en duda el orden de la representación social.

Isabelle (Marine Vacth, bella esfinge impenetrable) es una adolescente que experimenta con el despertar del sexo. Durante las vacaciones de verano, pierde la virginidad con un amigo alemán y, sin solución de continuidad, en el otoño de un París impersonal, empieza a dedicarse a la prostitución de lujo. ¿Por qué lo hace? ¿Qué la mueve a ello? Tiene familia, no sufre carencias económicas, es joven y bonita. Las personas que la rodean no ejercen ninguna presión sobre ella, por mucho que su padre no comparta su cotidianidad y su madre se haya vuelto a emparejar. Solo su hermano pequeño resulta una presencia inquietante, que la espía y la observa sin descanso, como si a la vez quisiera heredar su capacidad para el engaño y servir de ojo vigilante para la continuidad de la moral burguesa. Esta acción se desarrolla en una ciudad anónima, hecha de hoteles asépticos y relaciones banales, donde el sexo podría ser tanto vía de escape como sublimación del placer por el placer.

¿Una paráfrasis de Belle de jour en versión púber o un cuento de aprendizaje perversamente invertido? Ozon parece jugar a eso y a mucho más. Las elipsis se suceden abruptamente, incluyendo canciones a modo de signos de puntuación brechtianos, y dejando en suspenso cualquier tipo de explicación racional, como parece certificar la presencia de un psicólogo especialmente inepto. El cuerpo/máscara de Isabelle actúa como espejo de relaciones siempre superficiales e hipócritas, trátese del ámbito familiar o de las transacciones puramente carnales. Y queda el intercambio económico, esa insistencia en el dinero, que parece no importar pero que unos y otros observan con aparente desinterés no exento de codicia, como el fantasma de una experiencia que también permanecerá en el misterio. Como si el cine de Bresson adquiriera tintes de Pialat para exponer un cuento rohmeriano ahora sin moral. De hecho, Joven y bonita podría ser un mordaz remake de Mouchette para las nuevas generaciones, una historia sacrificial donde la pérdida de la inocencia no significa nada.