Jara Yáñez

El wai phra kao wat es una tradición que pertenece al budismo popular tailandés y consiste en realizar una peregrinación a nueve templos en un solo día para hacer méritos espirituales. La creencia es que visitar esos templos, rezar y hacer ofrendas a los monjes genera protección, suerte o incluso puede prolongar la vida de un ser querido enfermo. El número nueve además se asocia con la buena fortuna y el progreso espiritual. Y la película de Sompot Chidgasornpongse (producida por Apichatpong Weerasethakul) narra, efectivamente, el viaje de peregrinación de un día de una familia a la que un vidente ha anunciado la muerte próxima de la abuela. Un viaje inspirado en los viajes que la propia familia del cineasta hacía cuando él era pequeño, y en el que también han entrado las experiencias personales de los actores no profesionales que componen el reparto. Un viaje que sirve como retrato de una tradición religiosa, pero que explora también las relaciones intergeneracionales entre los distintos miembros de la familia y sus respectivas formas de creer, además de proponer una mirada a los modos a través de los cuales también el capitalismo se cuela en la espiritualidad contemporánea (y el contraste entre tradición y modernidad).

Pero lo más poderoso del film de Chidgasornpongse es su particular juego con el lenguaje fílmico en un estilo aparentemente naturalista, observacional y de tiempos muertos, que confluye por momentos y de manera libre e inesperada con una dimensión fantasmática y meditativa: la inminencia de la muerte suspende el viaje, en distintas ocasiones de modos diversos, entre lo cotidiano y lo espectral. Y así, en la que es sin duda la secuencia más poderosa del film, el plano cenital del sol que contempla la abuela –y que nosotros contemplamos con ella– empieza a cubrirse de nubes cada vez más oscuras y densas, hasta dejar la pantalla completamente negra durante casi un minuto. La relación que la película establece con el paso del día a la noche (la historia transcurre en una única jornada), así como la simbología asociada a la luz y la oscuridad, a la vida y la muerte, adquiere además una dimensión profundamente cinematográfica. Porque en el fondo, 9 Temples to Heaven contiene un interrogante esencial sobre la naturaleza de lo real. La luz, origen de la vida pero también del cine, aparece aquí como algo inestable, fluctuante. Uno de los personajes convierte momentáneamente esta cuestión en el centro de su discurso mientras viaja en coche. Vemos su rostro desde el exterior del vehículo y, mientras habla, toca el cristal mirando hacia fuera –hacia nosotros, los espectadores– y se pregunta si “esto” es real. 9 Temples to Heaven explora esta cuestión: la vida, como el cine, no es más que una construcción.