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Bajo la larga sombra del Studio Ghilbi, la que es la única película de animación en la Quincena juega en ese territorio, ya conocido, en el que los personajes traspasan fronteras y conectan universos en su camino de superación y sanación emocional. En este caso es Karin, una niña de once años que ha perdido a su madre y cuyo padre abandona y deja al cargo de su abuelo, un monje que vive en un templo en una zona rural de Japón. Allí coincide con Anzu, un gato fantasma que, tras su muerte, ha quedado ‘condenado’ a vivir eternamente entre los vivos. Ghost Cat Anzu, que adapta un manga de Takashi Imashiro y combina animación y rotoscopia, oscila entre la comedia y el drama y humaniza la naturaleza (al gato, pero también a una seta, a una rana o a un mapache) para transgredir las normas del mundo ‘real’ y confrontarlo con el de los muertos (en una apuesta que recuerda en este elemento pero sin la fuerza creativa, entre otras, a la última película de Miyazaki, El chico y la garza). A través de la taza de un inodoro, Karin y toda la comunidad de fantasmas que la acompañan y ayudan, entrarán allí donde habitan los diablos y manda el Dios de la desgracia para que el encuentro entre la madre y la hija, aunque sea solo por un rato, consiga eso que decíamos al inicio: que supere su trauma y se adapte a la nueva vida que el toca vivir. Lástima que la audacia de la película no termine de despuntar ni en lo formal ni en lo argumental.

Jara Yáñez