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Futura(Pietro Marcello, Alice Rohrwacher y Francesco Munzi ). SEFF 2021 – Nuevas Olas No Ficción

Pietro Marcello (Martin Eden), Alice Rohrwacher (Lazzaro Feliz) y Francesco Munzi (Calabria), tres de los más prominentes cineastas italianos del presente aúnan esfuerzos para entregar un documental que se interroga sobre el futuro del país transalpino, un porvenir cuyos depositarios no son otros que las nuevas generaciones. En la estela de Crónica de un verano (Jean Rouch & Edgar Morin, 1961) o de Encuesta sobre el amor (Pier Paolo Pasolini, 1964), los realizadores recorren el país de norte a sur y de este a oeste para encuestar a jóvenes de entre 15 y 20 años sobre sus inquietudes, sus anhelos y su relación con el presente que les ha tocado vivir. 

A pesar de sus carencias, el muestreo es lo suficientemente significativo como para ser tomado en cuenta. En primer lugar, por su amplitud geográfica, pero, sobre todo, por una transversalidad de clase que pone en relación, entre otras, las opiniones de las niñas bien del Turín más cosmopolita con las de un grupo de adolescentes aspirantes a Mike Tyson que se fajan en un gimnasio de Cagliari o con las de algunas estudiantes napolitanas de formación profesional. Si bien es cierto que el entorno y las condiciones económicas convierten en previsibles algunas de las respuestas y que, en algunas ocasiones, el lugar común asoma como resultado de la repetición, lo más interesante del filme no está en las visibles diferencias entre unos y otros -los que ansían huir del país, los que desean formar una familia tradicional o los que atisban la inminencia de un terror disfrazado de falta de oportunidades- sino en aquello que se siente como compartido por toda una generación. Y esas constantes a las que remiten los chavales y chavalas de Pratolongo y de Nichelino, de Castelgiorgio o de Danisinni, pasan por el desamparo institucional y el distanciamiento social provocado por la constante culpabilización a la que se ven sometidos, un juicio incesante acrecentado por la irrupción de la Covid-19, acontecimiento que altera el planteamiento inicial del filme y que todavía incrementa esos sentimientos de aislamiento que experimenta esta giovinezza.

Sin renunciar a cierto lirismo y a un iluminador uso del archivo (atención a las citas de películas de Mario Soldati, Gianfranco Mingozzi o Luigi Comencini), Futura ofrece una mirada caleidoscópica que muestra las virtudes y las carencias (el desconocimiento de los incidentes durante la cumbre del G8 en Génova por parte de los estudiantes que ocupan el instituto que fue uno de los focos de las protestas) de unos jóvenes que se mueven entre el desencanto y la ansiedad, náufragos en una sociedad en la que el bienestar colectivo ha perdido la batalla contra el éxito individual y en la que encuentran serias dificultades para navegar, principalmente porque hay pocos adultos dispuestos a lanzarles un salvavidas; esto es, a tenerlos en cuenta.

Futura (Pietro Marcello, Francesco Munzi y Alice Rohrwacher). CANNES 2021- Quincena de los realizadores

En 1964, Pier Paolo Pasolini filma Encuesta sobre el amor, una película sobre la sexualidad en la que investigaba cual era la concepción del amor en la sociedad patriarcal italiana y de que modo se abría una brecha social. En el invierno de 2020, tres de los más reputados directores italianos de la actualidad se unen para realizar una película colectiva, planteada como una encuesta en el sentido pasoliniano del término sobre el futuro de la juventud actual. El marco es todo el territorio italiano y el corpus de la encuesta jóvenes adolescentes de diversas clases sociales. La película intenta preguntar a los jóvenes qué esperan del futuro y surgen múltiples respuestas: desde los jóvenes que ansían formar una familia, hasta los que se consideran como unos marginados a los que se les ha prohibido el acceso al mundo laboral.

A partir del mes de marzo de 2020, la encuesta empezó a cambiar cuando la llegada del coronavirus encerró a la juventud, la culpabilizó y frustró un momento clave de su desarrollo emocional, intelectual y vital. La película continúa preguntando a los jóvenes sobre su futuro y las respuestas comienzan a variar. No solo no ven un futuro próspero, sino que algunos se muestran cansados de que se les culpabilice de algunos de los males de la difusión de la pandemia. No obstante, la película se queda a medio camino. El formato de encuesta hace que las respuestas sean reiterativas o previsibles, ya que muchas veces están condicionadas por el entorno social. A lo largo de la película se constata que hay inquietud por el futuro, pero no se analizan a fondo las causas y tan solo se apuntan los problemas de angustia y de desequilibrio mental que han vivido unos jóvenes estigmatizados por los adultos. Al final, provoca una sensación de cierta decepción por todo lo que pudo ser y no fue.

Àngel Quintana

 

Por si no fueran bastantes todas las desigualdades generadas por el capitalismo depredador en la época de la globalización, la pandemia de la COVID-19 ha venido a oscurecer más todavía las perspectivas de futuro de la juventud de todos los países, a la que el sistema amenaza con ser la primera generación que parece condenada a vivir peor que la de sus padres y sus abuelos. Esa conciencia y esa angustia existe, al menos, en todas las naciones del mundo desarrollado y, por supuesto, también en Italia, lo que ha llevado a Pietro Marcello, Francesco Munzi y Alice Rohrwacher a filmar, conjuntamente, un modesto pero valioso documental en el que sus cámaras enfrentan a los jóvenes de su país con una pregunta tan amplia como inquietante: ¿Qué es el futuro para vosotros? Por la pantalla desfila un amplio y poliédrico calidoscopio de jóvenes de todas las clases sociales, de todas las regiones y todos los ámbitos culturales del país, y el  montaje del material registrado acierta a proponer un crisol de respuestas plurales que los cineastas aceptan como tales sin proponer ningún tipo de discurso por encima. No hay mayores pretensiones en el film: los cineastas explican expresamente su objetivo en la introducción y los chavales se explican frontalmente a cámara hasta componer un abanico que habla de confusión, de dudas, de miedos, de horizontes oscuros, de sueños adolescentes y contradicciones sin límite, pero también de esperanza, de conciencia, de compromiso, de igualdad y de luchas por un mundo mejor. No es una gran película, pero su modestia, su frontal sencillez y su honestidad, la convierten en una película necesaria.

Carlos F. Heredero

 

Orson ‘Lazzaro’ Welles

Carlos F. Heredero.

El estreno de Lazzaro feliz, la brillante fábula de Alice Rohrwacher bajo cuyo pretexto argumental reverbera el mito bíblico de la resurrección, ofrece de forma inesperada al estreno-acontecimiento de Al otro lado del viento una resonancia singular.

El ingenuo, silencioso y angelical protagonista de la película italiana que ocupa nuestra portada muere en un tiempo pretérito (una época de relaciones feudales, en la que los aparceros rurales son explotados por una oligarquía parásita que ni siquiera les ofrece un salario) y resucita en un tiempo contemporáneo, ahora que los antaño campesinos –‘salvados’ de su esclavitud por el estado– han devenido indigentes y pícaros que malviven entre los suburbiales desechos urbanos del capitalismo moderno. 

La película de Orson Welles, que el director de Ciudadano Kane comenzó a rodar en 1970, ‘murió’ metafóricamente hacia 1974 sin llegar ni siquiera a ser ensamblada ni terminada por su autor. Eran las fechas del New Hollywood, tiempos de renovación generacional y de ocaso crepuscular para los grandes y escasos cineastas supervivientes del clasicismo, entonces ya tan desplazados del mainstream y tan desconcertados ante los nuevos paradigmas como el Jake Hannaford interpretado por John Huston en Al otro lado del viento: una obra que  ‘resucita’ ahora –casi medio siglo después– en un tiempo muy diferente.

Un tiempo en el que la ingenuidad de Lazzaro ya no parece poder relacionarse con el entorno con la misma armonía que presidía el deambular de la criatura de Rohrwacher durante la primera parte de su film, de la misma manera que Al otro lado del viento ya no puede ser vista, por nuestros ojos contemporáneos, solo como el hipotético –y frustrado– ajuste de cuentas del creador expulsado de Hollywood con las ruinas de aquel universo: un exorcismo concebido y filmado bajo el influjo de la modernidad (de Antonioni a Dennis Hopper).

La ‘reconstrucción’ de Al otro lado del viento coloca ahora en nuestras pequeñas pantallas (dado que solo es accesible desde la plataforma de Netflix) el fantasma de una obra que el paso del tiempo convirtió en mítica, pero de la que, en realidad, solo atisbamos los materiales filmados por Welles en su día, si bien montados ahora por otras manos, sin que podamos llegar a saber –nunca hubiéramos podido saberlo– “qué película habría propuesto Welles de haber podido o querido finalizar Al otro lado del viento”, como dice Esteve Riambau.

Por eso, sin duda, no podemos tomar este film supuestamente ‘resucitado’ como la última palabra del cineasta de Kenosha (nos lo advierte Santos Zunzunegui), pero sí podemos acercanos a sus imágenes para exhumar los restos de aquel Hollywood en apasionante transformación: un universo en el que los viejos y grandes clásicos convivían con los nuevos cinéfilos (ese diálogo que mantienen John Huston y Peter Bogdanovich durante todo el metraje del film) en medio de múltiples convulsiones.

Un ejercicio que nos exige –nos dice Jonathan Rosenbaum– mantener abiertos nuestros sentidos para contemplar hoy las ruinas de Al otro lado del viento como unas imágenes extrañas y llenas de misterio, para preguntarnos quién puede ser realmente ese Jake Hannaford que se nos aparece como un estimulante desafío a nuestra manera contemporánea de ver y de leer el cine, como un enigma tan indescifrable como la mirada del Lazzaro de Alice Rohrwacher.