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Rafael S. Casademont

La nueva película de Zeki Demirkubuz se titula Ember en su versión anglosajona y Kor en su turco original. La traducción literal al castellano de ambas sería “ascua”. Un objeto sólido y oscuro que no emite llama alguna pero cuyo calor abrasa a su contacto, así es la nueva película del director de Nausea, drama de interiores y ausencias que se situó entre lo mejor de la pasada edición de FILMADRID.

En ella, una mujer ha de cuidar sola a su hijo enfermo durante una larga e injustificada ausencia de su marido. Él, tremendamente orgulloso, no podrá soportar tras su vuelta la idea de que otro hombre haya ayudado a su mujer durante su ausencia. Mucho menos aún, la duda sobre el carácter de esa relación. La similitud de la primera parte de la trama con la Jeanne Dielman, 23 quai du Commerce, 1080 Bruxelles (1976) de Chantal Akerman o, en la segunda, con Una gallina en el viento (1948) de Yasujirô Ozu no podría ser menos casual. Al igual que en ambas, la mujer se encuentra entre la soledad del encierro doméstico y la sumisión patriarcal de su libertad. Recogiendo dichas influencias pero con una gran personalidad creciente de su puesta en escena, Demirkubuz encierra el drama de sus personajes a través de los espacios interiores y una cámara que los captura desde la distancia (a menudo a la altura de la cintura), mientras su encuadre se rompe y su formato se empequeñece por la invasión de las esquinas, las columnas y los marcos de las puertas. Y es que Ember es un relato abrasivo de emociones que observamos, por precaución, escondidos desde la habitación de al lado, agazapados tras la esquina, a través de un cristal emborronado o gracias al reflejo de un espejo.

Con esta insistente negación de un punto de vista más directo, Demirkubuz ahonda en la insatisfacción voyeur que supone su propuesta de contención expresiva mediante un sobrecogedor uso dramático del fuera de campo y un montaje que resalta, en consonancia, la interrupción que supone cada corte y la duda del irrecuperable vacío existente entre secuencias. Lejos de provocar un distanciamiento hacia el relato, este encierro de la obra sobre sí misma consigue hacer de cada diálogo, cada imagen, cada pequeño roce y cada encendida mirada una revelación poderosa y contundente, una alargada sensación de potencia a punto de explotar. Ember, como nos avanza su título, es un fuego invisible que quema sin necesidad de llama.