Un escape que superó a la misma vida
Pablo Montero Fraile
El 25 de enero de 2024, un hombre a las puertas de la muerte reveló su verdadera identidad. Hiroshi Uchida volvió a ser Satoshi Kirishima, antiguo miembro del grupo rebelde conocido como el Escorpión, una de las organizaciones que durante los años setenta protagonizaron diversos actos de protesta y sabotaje contra varias empresas de Japón. La noticia llamó la atención de Masao Adachi, quien, cercano a algunas de aquellas causas, decidió centrar su siguiente película en la vida de Satoshi y en los motivos que lo llevaron a revelar quién era pocos días antes de morir.
Desde su primera secuencia, Adachi establece el contraste que marcará toda la película: la distancia entre la visión romántica de la rebelión y sus consecuencias reales. El joven Satoshi (Rairu Sugita/Kanji Furutachi) y sus compañeros colocan una pequeña bomba en un bosque; la explosión, mostrada en un plano general y acompañada por una música casi infantil, transmite una sensación que se refleja en la alegría de los personajes. Sin embargo, esa imagen se ve inmediatamente ensombrecida por un atentado cometido por otro grupo revolucionario, los Lobos. Durante el interrogatorio posterior, la oscuridad que envuelve a los responsables y la aparición de los periódicos sobre ellos eliminan cualquier emoción. La música desaparece y la película se detiene en los rostros de los implicados, obligándolos a enfrentarse al peso de sus actos. Más que un contraste entre la juventud y la adultez, estas escenas muestran la dura realidad que tendrá que afrontar Satoshi, dejando de ser ese niño para volverse un adulto.
Adachi convierte su historia en una lucha individual por la supervivencia. Esto se refleja en los encuentros que mantiene tanto el Satoshi joven como el anciano con las personas hacia las que siente afecto. El director los encuadra en planos americanos que refuerzan la intimidad entre ellos, pero mantiene siempre una distancia invisible que nunca llega a cruzar. Así, deja claro que, pese al deseo de construir una vida junto a otros, Satoshi es incapaz de abandonar la misión que se ha impuesto. La dureza con la que muestra la devoción del protagonista también se hace presente en las múltiples apariciones que vive a lo largo de la película. Las charlas con los fantasmas del pasado son su forma de liberarse de su dolor, pero a la vez sirven como una condena, como su charla consigo mismo en el templo, donde a través de un plano general la película enfrenta a las dos versiones de Satoshi, el anciano arrodillado y cansado de la lucha frente a la versión idealizada que se alza sin pestañear, una versión idealizada de sí mismo, aquello que desea ser Satoshi, aunque en el fondo sepa que nunca podrá alcanzar. Por esta dualidad se entiende la fascinación que encontró Adachi en esta historia, en la de aquel hombre que renunció a todo para seguir luchando y cuando se enfrentó a la muerte y no podía seguir escapando, decidió morir con el nombre con el que nació.
La revolución de los fantasmas
Emilio J. Lence
Hay películas políticas que convierten la ideología en discurso y otras que intentan convertirla en experiencia. Escape (2025), del cineasta japonés Masao Adachi, pertenece claramente al segundo grupo. Figura fundamental del cine radical japonés y militante de izquierda durante décadas, Adachi siempre ha filmado desde el lado de los marginados y los perseguidos. Sin embargo, Escape no funciona tanto como una reivindicación política tradicional, sino como una reflexión amarga sobre lo que significa dedicar una vida entera a una idea. Inspirada en la historia real de Satoshi Kirishima, un militante revolucionario que pasó casi cincuenta años oculto de la policía, la película convierte la huida en una forma de existencia y la revolución en una carga espiritual imposible de abandonar del todo.
La estructura alterna entre el presente, donde un Satoshi anciano y moribundo recuerda su vida desde la cama de un hospital, y su pasado de joven clandestino obligado a vivir huyendo. Adachi no centra el relato en los atentados ni en la acción política espectacular, sino en las consecuencias de vivir permanentemente escondido. Satoshi abandona su identidad, cambia de nombre, de ciudad y de trabajo constantemente, condenado a una existencia fantasmal donde cualquier vínculo humano puede convertirse en un riesgo. La película entiende el exilio no solo como una persecución física, sino como una erosión progresiva del individuo. El protagonista sobrevive, pero lo hace suspendido en una especie de limbo donde el tiempo parece detenido.
Lo más interesante de Escape aparece cuando la película abandona parcialmente el realismo y se adentra en conversaciones casi oníricas entre el protagonista y los fantasmas de su pasado. En esos momentos, Adachi desplaza el foco desde la política concreta hacia una dimensión más existencial de la revolución, porque una revolución es, ante todo, espiritual. No basta con atacar al sistema: hay que entregarse completamente a la convicción que sostiene esa lucha. Satoshi comprende demasiado tarde que una revolución auténtica exige renunciar a todo, incluso a la propia vida cotidiana. Y, sin embargo, él nunca logra hacerlo del todo. Continúa escapando, trabajando, envejeciendo, sobreviviendo. La contradicción lo acompaña hasta el final: dedicar la vida a una causa sin llegar nunca a consumirse completamente en ella. Por eso Escape termina siendo menos una película sobre el triunfo de la revolución que sobre su imposibilidad. Satoshi sobrevive a todos sus compañeros y carga con el peso de quienes murieron, fueron detenidos o desaparecieron. La clandestinidad acaba convirtiéndose en una condena silenciosa donde ya no existe diferencia entre luchar y simplemente seguir adelante. Adachi no romantiza completamente al personaje, pero tampoco lo juzga. Lo observa como a un hombre atrapado entre la fidelidad a una idea y la imposibilidad real de cambiar el mundo. Y en esa tensión encuentra la verdadera tragedia de la película.








