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A ver si te aclaras

Andrea Alborch escribe, dirige, produce y edita Diecisiete y medio (2022), donde el tiempo se dilata más allá de sus trece minutos de duración. El verano es un espacio entre paréntesis, unos escalones donde sentarse a esperar. La tarde avanza, aunque parece que la vida no se abre paso, ¿sucederá algo en algún momento? No se plantea ningún suceso, sino que se enfrenta y se paladea el tedio. Los protagonistas cruzan amplios planos generales, atraviesan grandes explanadas y sortean vallas que no impiden el paso. En este compás de espera, caminan sin prisa por un comercio para elegir meticulosamente la merienda y luego huyen por el placer de atreverse a robar, por impactar sobre alguien y ver su reacción. Este negocio local se ha adaptado para ofrecer tanto –frutería, videoclub, alimentación, estanco, panadería– que ya es inclasificable. Con un sencillo escenario, Alborch sintetiza la aspereza de la supervivencia.

Los adolescentes se muestran aislados y en continuo movimiento, los adultos rara vez los miran, el ruido de tráfico suena lejano y apenas hay tres planos donde la cámara se acerca a ellos. El paisaje está lleno de ausencias: envases de cartón tirados en un parking, pisos en construcción que nadie habitará, solares en venta, anuncios desactualizados y locales con la persiana bajada desde hace demasiado tiempo. Los hermanos cruzan la ciudad, uno en círculos y la otra en línea recta, se preguntan el uno al otro para iniciar conversaciones que nunca desarrollan en profundidad. Solo bromean y discuten para evitar sincerarse, se entienden de una manera nítida que es invisible para el espectador. Mencionan nombres y anécdotas descontextualizadas ante las que el público puede perderse, como un testigo que observa desde lejos sin comprender del todo, aunque le resulte familiar. Ambos protagonistas apenas se expresan en palabras, por tanto, sino que su manera de vestir y lo que comen –moda rápida, comida barata– ofrecen más información. Candela lleva botas anchas, aros grandes y la raya del ojo larga. Alejandro mezcla las tres líneas de Adidas con el logo alado de Nike. La sencillez de combinar negro y blanco, la ropa urbana como uniforme.

Candela detesta el verano que vive y ansía la estación que todavía no ha llegado. El presente y el pasado son una amalgama de resignación y soledad. “Pues a ver si te aclaras” le espeta su hermano, a lo que ella responde: “pues anda que tú”. Se defiende sin argumentos, disgustada e incómoda por razones que quizás ni ella sabe identificar. Otra cotidianidad es echar la culpa a la estación, a la ciudad o al tiempo para no ahondar en las emociones, las dinámicas o el contexto social que perpetúan el hastío. Estos jóvenes mantienen sus intereses y caracteres bajo la superficie, y la cámara lo respeta, manteniendo la distancia. Desde lejos, ellos pueden escaparse para no ser capturados, definidos. En ese último plano, montados en bicicleta y mirando al frente, huyen de toda conclusión sobre lo que son o lo que llegarán a ser. Quizás en algún momento Candela se aclare, o quizás no, pero ya sabe que la espera se recorre, se disfruta y se odia en compañía.

Alba Puerto

¿Qué hacer mientras esperas?

¿Qué es lo que hacen dos hermanos adolescentes en una tarde de final de verano en una pequeña ciudad de Alicante? Esta es la premisa de este cortometraje de trece minutos en el que la directora Andrea Alborch Martinez nos relata algunas anécdotas.

El cortometraje empieza con planos panorámicos donde los personajes se desplazan solos, mostrándonos un escenario solitario en el que solo se relacionan entre ellos con diálogos muy cotidianos. Luego los vemos interactuar con un par de personas en actividades de compras: su momento de diversión. Es aquí donde su gran aventura del día sucede, cuando interactúan con el dueño de un negocio pequeño que intenta perseguirlos unos pasos después de descubrir que se van sin pagar lo que se llevan consigo. Y después de esto pasamos a momentos de comida compartida, paseos por un estadio y conversaciones cotidianas como a quién le corresponde sacar a pasear a la mascota.

La directora, Andrea Alborch, nos narra de una manera muy clara cómo transcurre un verano en España, cuando toda la gente suele marcharse a las playas y muy poca población queda en la ciudad. Lo hace a través de sus planos abiertos y contemplativos. Sus personajes se mueven en planos fijos, de larga duración y abiertos; conversando de temas muy cotidianos. Sin embargo, el plano sonoro no es distante, está siempre en primer término para darnos la familiaridad que se necesita para poder relacionarnos con ellos. Y finalmente la conexión con los personajes se da a través del movimiento de la cámara que nos permite acompañarlos a ambos andando en bicicleta.

Esta historia es una anécdota de un día en una ciudad con la que muchas personas podrían identificarse y la belleza de su claridad de narración y estética son su mejor herramienta.

Nury Isasi