Àngel Quintana

Cuentan que Sigmund Freud se interesó por una novela escrita por Wilhelm Jensen que trata sobre un joven arqueólogo, Norbert Hanold, obsesionado con un relieve antiguo que representa a una mujer caminando de una forma particular; él la llama ‘Gradiva’, que significa aproximadamente “la que avanza” o “la que camina”. El personaje de Hanold desarrolla una fascinación intensa por esa figura y termina creyendo verla en la vida real en Pompeya. A lo largo de la historia se descubre que esa ‘Gradiva’ es en realidad Zoe, una amiga de la infancia olvidada por él. Su obsesión y sus fantasías funcionan como una especie de sustituto de sentimientos afectivos reprimidos. El mito de la Gradiva acaba hablando de cómo aquello que reprimimos no desaparece: vuelve transformado. La posibilidad de comprenderlo puede permitir una reconciliación con uno mismo.

Este texto, que fue clave para el desarrollo del psicoanálisis, permite a la cineasta Marine Atlan llevar a cabo en La Gradiva una reflexión sobre la difícil reconciliación consigo mismo de un joven adolescente francés, de origen napolitano, que, junto a un grupo de estudiantes, se encuentra de viaje por Italia. Marine Atlan parece retomar, en cierto modo, la mitología rosselliniana de Viaggio in Italia (1954), en la que, en vez de una pareja sometida a una crisis personal, vemos a un grupo de adolescentes en tránsito por Italia. Durante el viaje visitan los mismos espacios por los que transitaban Ingrid Bergman y George Sanders. Pasan por el Museo Arqueológico de Nápoles, se encuentran con los calcos de Pompeya, se cruzan con una procesión atávica y además se enfrentan al mural de la Gradiva. Durante el viaje, los adolescentes llevan a cabo sus juegos: se emborrachan, bailan, hablan de historias de sexo, se enamoran y escuchan a su profesora de latín sin prestar demasiada atención. Sin embargo, lo más interesante del viaje no es el grupo ni el contacto o descubrimiento del misterio de lo dionisíaco, sino la figura de Toni, presentada como alguien que ha reprimido algo durante su juventud. Durante el viaje, Toni vive sus amores homosexuales con un compañero, pero el contacto con el mundo antiguo despierta algunas heridas que permanecían latentes y ante las que él mismo se sentía impotente. Toni intenta ir al lugar de sus orígenes napolitanos, visitar la mansión aristocrática donde trabajaba su abuela y descubrir cómo algo del pasado lo está marcando profundamente. La aparente crónica de un viaje va adquiriendo densidad a medida que la película avanza, hasta que el misterio empieza a apoderarse de las imágenes, para acabar anunciándonos al final que el relato está dedicado a todos aquellos que ya no están. La Gradiva ha sido la gran película sorpresa, una joya delicada que inquieta y perturba.