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Noche de preestreno.
Fernando Bernal.

Esta crítica se pudo titular Cómo ser Michael Keaton. Hubiera sido lo correcto si el texto se centrara en la dimensión psicoanalítica de la película de Iñárritu, en el juego metacinematográfico que plantea y en lo que tiene de reflexión en torno a los valores formales y morales de la representación. Hubiera sido correcto, pero también algo injusto. Birdman o (La inesperada virtud de la ignorancia) es una película sobre el oficio de actor, en la que Michael Keaton se interpreta en cierto modo a sí mismo, en un juego que remite entre bambalinas al sentido del humor desquiciado de Charlie Kauffman y, sobre el escenario, a Pirandello y a sus personajes en busca de autor. Pero ésta solo es su capa más superficial.

Tampoco hubiera sido desacertado encabezar el texto con la frase: La vida es un largo plano secuencia. Porque la película de Iñárritu es un pequeño prólogo, un epílogo (ambos de carácter místico/espiritual) y, entre medias, un largo plano de casi dos horas. En él vemos cómo una estrella de Hollywood, famoso por interpretar a un superhéroe (sustitúyase Birdman por el Batman de Tim Burton), trata de poner en pie una adaptación de Raymond Carver que él mismo escribe, interpreta y dirige. La opción estética de Iñárritu rompe con su habitual vocabulario narrativo. Aunque en Biutiful había apostado ya por la unidad, alejándose del montaje fragmentado de Babel o 21 gramos, aquí su paso adelante resulta mucho más excitante. Al jugar con una larga secuencia, las situaciones se alternan a un ritmo brutal, con la cámara recorriendo con urgencia (como vomitando ideas, propuestas y pistas) los pasillos del teatro y saliendo a la calle en contadas ocasiones.

La tercera y última opción para dar forma al texto fue: Ajuste de cuentas a ritmo de free-jazz. Desde el comienzo, una batería nerviosa y provocadora marca el ritmo de las imágenes, como si fuera un corazón que no deja de palpitar, con sonidos que transitan entre el free jazz y el posthardcore. Una opción musical que lima cualquier ampulosidad a las imágenes y que muestra al Iñárritu más directo y certero. Nos devuelve al narrador torrencial de Amores perros, y hace olvidar el traspiés (no solo cinematográfico) de Biutiful, tras su tormentosa separación de Guillermo Arriaga. Liberado de la sombra que imponían los milimétricos guiones de su compatriota, ahora se lanza al vacío y es capaz de incorporar en un drama de interiores (por momentos bergmaniano) vías de escape que van del humor más acido –con Hollywood; la crítica, con cierto revanchismo; o los publicistas en su punto de mira– a salidas de tono fantásticas que rozan el delirio como un solo de batería de free-jazz.

Todas las alternativas hubieran sido válidas y un medio (que no un fin) para expresar lo que es esta poliédrica película. Al final el texto se titula como acaban de leer, porque Birdman está íntimamente ligada a Opening Night, de John Cassavetes, no solo en el fondo, sino también en la forma. Porque habla sobre actores, sobre sus miedos, sus paranoias y la vida duplicada que llevan: Keaton tiene su propio fantasma, como le pasaba a Hamlet. Y hablando de fantasmas, Iñárritu se libera de esa intensidad global, de ese peso del discurso total y único, que estaba amordazando y oprimiendo su voz como narrador. Éste puede ser el preestreno de una nueva etapa.