Fernando Bernal

Tiene esta película una primera lectura de tremenda actualidad. La historia se desarrolla en medio de unas protestas estudiantiles, las mismas que tiempo después han coseguido acabar con los catorce años en el poder del Gobierno. En su tercer largometraje, Jelena Maksimović retrata Belgrado como una ciudad que padece una enorme división en su interior: por un lado están los universitarios, que tratan de reclamar sus derechos y cambiar el sistema; y, por otro, la población serbia que aún mantiene vivo su espíritu ultranacionalista. Al primer grupo pertenece la joven que protagoniza el film, que, a pesar de sus convicciones, mantiene una relación con un chico que simpatiza con las políticas gubernamentales. Son dos vidas aparentemente ajenas, dos espíritus en coflicto íntimo, que, sin embargo, convergen en una noche eterna, tras participar en unos violentos tumultos callejeros.

Durante la primera parte del film, Jelena Maksimović apuesta por la ortoxia en la planifación para conseguir capturar la urgencia del momento, en secuencias que retratan la calma previa al estallido de tensión y violencia que parece inevitable. Pero, a partir de ahí, la película comienza paulatinamente a abrirse a otro tipo de tempo y deja de contener su respiración para situar a los personajes en un contexto espacial distintos, alejado de las calles de la ciudad, donde, a pesar de sus diferencias, parece que nadie se puede interponer en su historia de amor. Until the Day Ends permite una primera lectura evidente como coming of age, pero la cineasta, con experiencia en el campo del videoarte y las instalaciones, impone su personalidad por encima de los moldes del género para fracturarlos con sus imágenes, más pendientes en la segunda parte del film de su fuerte carga poética que del retrato político y generacional. Y así, la obra va alcanzando un hermoso nivel de voluntaria abstracción donde la forma de contar la historia varia, de una manera inesperada, la forma en que la percibimos.