Felipe Rodríguez Torres
Si Maxence Voiseux pretendía cartografiar la lenta demolición del medio rural contemporáneo en Gabin lo consigue mediante un dispositivo formal tan magnético como desolador. La propuesta comparte un inequívoco cordón umbilical con las maneras del Linklater de Boyhood (2014): el registro implacable del tiempo real impreso sobre las facciones y la psicología del protagonista a lo largo de una década entera. Sin embargo, allí donde el tejano buscaba la universalidad a través de las epifanías suburbanas de la clase media, Voiseux ancla su mirada en el barro, la carnicería y las deudas de una explotación agropecuaria del norte de Francia. El paso de la infancia a la mayoría de edad del joven Gabin no se mide en hitos pop, sino en el peso creciente de una herencia económica en quiebra y la agonía de un modo de vida. El tiempo ‘linklateriano’ pierde aquí su halo de nostalgia para transformarse en una condena material, una cuenta atrás trágica.
Es precisamente en esa asfixia sistémica donde el film dialoga de forma explícita con las formas estéticas y argumentales de Un héroe singular (2017), de Hubert Charuel. Voiseux toma el testigo de aquella ficción para construir un espejo documental igual de tenso y milimetrado: la representación del ganadero atrapado en un laberinto burocrático y sanitario del que no hay escapatoria posible. La puesta en escena de Gabin asume la sequedad formal y el realismo sucio de Charuel, capturando la frialdad de las naves industriales, el vapor del estiércol y el chirrido de los cerrojos con una composición de plano fija que acentúa la claustrofobia territorial.
Y el relato también se vertebra a partir de la misma dialéctica de la desesperación: el dilema moral de un joven desgarrado entre el arraigo atávico a la tierra de sus mayores y la evidencia matemática de que perpetuar el negocio familiar equivale al suicidio financiero. Algo que Voiseux plantea a partir de dos tonos antagónicos pero a la vez complementarios: el registro observacional y el thriller psicológico rural.
Pero al igual que Todo es cárcel, Gabin se revela como un soberbio ejercicio de lucidez ética. Al rehuir el miserabilismo moral y el lirismo bucólico, Voiseux entrega un trabajo tan sobrio como monumental. Aquí no hay concesiones a la lágrima fácil; la cámara filma las discusiones financieras, la quiebra familiar y el desmoronamiento de tres generaciones con una distancia tan respetuosa como cortante. El cineasta no juzga la huida ni la resistencia; se limita a constatar cómo las estructuras del capital devoran los cuerpos y los vínculos afectivos. Al final, los diez años de metraje acumulados se condensan en un veredicto formal durísimo: la madurez de Gabin no es una conquista existencial, sino la asimilación forzosa de un paisaje en ruinas.








