Felipe Rodríguez Torres
El cine de no ficción ha encontrado en la dilatación temporal y en la descomposición del espacio sus herramientas más fecundas para cartografiar la pérdida. En Camionero, dirigida por Francisco Marise y guionizada por Javier Rebollo, se subvierten los códigos de la road movie (al estilo de Into the Jaws of the Ogre) para proponer una profunda meditación fenomenológica sobre la espera, la inercia y los cuerpos suspendidos en los márgenes de las autopistas.
Frente al ritmo incesante y homogéneo que impone nuestro presente digital, la puesta en escena de Marise opera a partir de la sustracción. La cámara no acompaña el movimiento vertiginoso del motor, sino que se asienta en la rigurosa quietud de los paradores y los parkings crepusculares de las rutas argentinas. Es ahí, cuando el motor se apaga, donde el film despliega su verdadero relieve cinematográfico. La dirección de fotografía de Jorge Rojas se desmarca de cualquier tentación pintoresca, apostando por planos fijos de una asombrosa frontalidad y composiciones donde el cielo plomizo e interminable impone una escala desoladora sobre unos personajes atrapados.
Este plano formal encuentra su reverso físico en la atención minuciosa que el cineasta dedica a los detalles cotidianos: el ritual del mate, las luces parpadeantes de un motel o la vulnerabilidad de figuras como Gabriela o Dolores, cuyas trayectorias transcurren en una compleja tensión entre la aspereza de un entorno masculinizado y la sutil calidez de su propia intimidad familiar sostenida desde la distancia. En este sentido, el fuera de campo adquiere una relevancia técnica estructura gracias al diseño sonoro de Xabier Erkizia que no solo complementa la imagen, sino que expande el encuadre dramático. Las interferencias de la radio, el zumbido constante de los neumáticos y la modulación de las voces configuran una polifonía de la ausencia que evoca un universo en vías de extinción.
Y es que Camionero acaba revelándose como una obra de una honestidad formal deslumbrante. Marise prescinde de tesis sociológicas para dejar que sean la materia, el tiempo suspendido y el eco del viento los que narren el insomnio colectivo de quienes custodian la carretera en nuestro presente actual. Un dispositivo riguroso que no busca explicar, sino registrar con pudor el misterio de la permanencia de un paisaje herido que poco a poco se desdibuja de la memoria colectiva.








